EL REY QUE SE ENAMORÓ DE MURCIA

 Don Pedro Cascales fue un hidalgo murciano que acompañó al entonces príncipe don Alfonso, más tarde conocido como el rey sabio, en la conquista del Reino de Murcia. Y en una carta que años después mandó al Adelantado del Reino, dice que cuando el joven infante terminó de inspeccionar las tierras que recién acababa de recuperar para engrandecer aún más el extenso reino de su padre, exclamó admirado: «Esto es un auténtico vergel, y si alguien me dijera que aquí fue donde Adán y Eva vieron por primera vez la luz de la naturaleza, yo me lo creería sin oponer resistencia».

El infante se enamoró perdidamente de estas tierras que en la actualidad siguen siendo tan hermosas y quedó sorprendido de la bondad de sus gentes. Es una lástima que los murcianos no hayamos aprendido todavía a difundir por el mundo nuestra familiaridad, nuestra alegría, nuestra gastronomía, nuestras fiestas, nuestros paisajes, nuestros mares y nuestra huerta. Y lo digo porque si esto llegase a ser realidad algún día, la tierra entera se encontraría de la noche a la mañana cautivada por esta tierra de Murcia, ya que las personas que han venido o vienen aquí por primera vez, siempre regresan a ella.

Años más tarde, cuando el príncipe ya fue rey, con el título de Alfonso X, el Reino de Murcia comenzó a desarrollarse de tal forma que llegó a ser uno de los reinos más importantes de Castilla. Y hemos de reconocer que este progreso o mejora fue gracias al amor que don Alfonso siempre sintió por Murcia. De su mano florecieron en este reino centros para educar a los niños, y los músicos, literatos, inventores, y otras clases de hombres que se dedicaban a las artes y a la cultura, y que hasta entonces todo el mundo había condenado por creerlos desequilibrados, comenzaron, bajo su ayuda y consideración, a medrar y a ser vitales para el desarrollo del reino. Los huertanos, los recoveros, los campesinos, los ganaderos y, en definitiva, todo hombre o mujer que tenía algo que vender o comprar, podía hacerlo en el mercado o en la feria del ganado, que habían sido promovidas y aprobadas por este entrañable rey. Los molinos hidráulicos comenzaron a surgir en las riberas del río Segura y en algunas acequias grandes, y desde ese mismo instante el Reino de Murcia dejó de llevar la molienda de sus productos a otras regiones porque ya podían moler su propio trigo, su cebada y la sal mineral que tanto abundaba en este reino, sobre todo en las minas de Sangonera, en la parte que hoy conocemos como Sangonera la Verde, ya que en aquellos tiempos Sangonera era una sola villa porque no estaba partida.

Se establece también el Honrado Consejo de la Mesta, que regula y organiza el pastoreo y la producción lanera, y que sirve para unir bajo un fin común a los pastores que hasta entonces habían andado peleando por los pastos y vendiendo sin unidad de precio su lana, sus cabras o sus ovejas. Las comunicaciones adquieren bajo el reino de este inteligente rey una importancia fundamental, y es en aquel tiempo cuando se abren vías hacia los cuatro puntos cardinales. Gracias a ello, nuestros variados cultivos comienzan a ser transportados, produciendo en este reino ingresos considerables. Frutas y otros productos de la huerta que en otros lugares no habían visto ni comido nunca, comienzan a ser acarreados dentro y fuera de nuestras fronteras. Las níspolas, las peretas, los jínjoles, los membrillos, las membrillas, las lechugas romanas y otras desconocidas frutas que sólo maduraban en nuestra huerta y que hoy están desafortunadamente apagadas o extinguidas, son solicitadas en otros lugares por su aroma, su sabor y su dulzura.

Don Alfonso apreció profundamente el Reino de Murcia, pero los habitantes del reino también lo estimaron a él. Dice una leyenda que ha llegado hasta nuestros días que al monarca le gustaba andar por nuestra huerta vestido con las mismas ropas que entonces se usaban aquí, para no ser reconocido. Una tarde, paseando por los bancales que en aquel tiempo existían donde hoy está el paseo del Malecón, descubrió un grupo de escolares que, en vez de estar disfrutando del recreo, con infantil alegría estaban aprendiendo a trabajar y a cuidar la huerta. La simpatía que las personas maduras experimentan por los niños sólo la podemos comprender aquellos que ya somos abuelos, o aquellos otros que dicen que la ancianidad y la infancia van emparejadas porque «el ataúd y la cuna» están muy cerca de Dios. Yo personalmente me quedo con la primera opinión porque sé que el Creador en su infinita bondad creó a los nietos para hacer más llevadera la solitaria existencia de los abuelos. Los nietos siempre tienen tiempo para abrazar, hacer reír, tomar de la mano y hacer sentir todavía útiles y apreciables a sus abuelos.

El rey se detuvo mirando con paternal simpatía aquel alegre torbellino de pequeños trabajadores. El maestro, mientras tanto, iba de un niño a otro explicándoles cómo tenían que hacer las tareas que a cada uno les había asignado. Era el profesor un viejo venerable, de facciones francas y nobles, y que a pesar de su pobreza, llevaba la raída ropa con cierto aire de distinción.

El rey, vestido con ropas de ciudadano corriente, se dirigió al maestro y le preguntó:

 —¿Cómo es que enseñáis a vuestros aprendices a trabajar la tierra en vez de enseñarles a amar a su rey?

—Perdonad amigo —contestó el educador mirando bondadosamente al desconocido—. Debéis saber que sin tierras cultivadas no habría reyes ni pueblos para gobernar. Quienes aman, cuidan y respetan la tierra, ofrecen su amor al prójimo, a su reino y a su rey. No hay mayor manera de obsequiar al rey que engrandeciendo y favoreciendo sus tierras, porque ¿qué sería del rey si todos nos cruzásemos de brazos diciendo: quiero mucho al rey, pero nadie trabajara sus tierras?

Al poco tiempo de haber acontecido este suceso que dejó al rey gratamente complacido y maravillado, fue escrita, para ser leída por todo su reino, una de sus más famosas partidas, la que lleva por título: DE CÓMO EL REY DEBE AMAR A SU TIERRA. La partida, que transcribo completa, en su Título XI, Ley Iª, dice así:

«El rey no solamente ha de amar, honrar y guardar a su pueblo como dice el título de esta ley, sino que debe de amar también la tierra misma de la que es Señor, ya que él y sus gentes viven de las cosas que en ella se encuentran, y ha de hacer todo lo posible porque se cumplan todas las empresas, y por amor a ella es lícito que la honre y la guarde. Y el amor que el rey ha de profesarle, ha de ser de dos maneras: la primera en voluntad; la segunda en hechos. Por la voluntad ha de codiciar que sea bien respetada y poblada y labrada, y debe placerle siempre que haya en ella buenas cosechas. La segunda es poblarla de buena gente, con prioridad de los suyos antes que de los extraños, si los pudiera haber, y de caballeros y menestrales, y labrada para que los hombres tengan los mejores frutos. Y aunque la tierra no sea buena en algunos lugares para dar pan, o vino u otros frutos que son para el sustento de los hombres, con todo eso no debe querer el rey que se mantenga yerma y sin labrar, más debe hacer entender a los hombres que será mejor mandarla labrar y enderezarla. Ya que puede ser que sea buena para otras cosas de las que los hombres se puedan aprovechar, como puede ser sacar metales de ella, o para pastura de ganado, o para leña o madera, u otras cosas semejantes que son necesarias para los hombres. También debe mandar labrar la maleza de las calzadas, y allanar los pasos malos para que los hombres puedan andar y llevar sus bestias a sus casas y fácilmente de un lugar a otro, de manera que no pierdan nada al pasar los ríos, ni en otros lugares por donde fueren. Y debe mandar también hacer hospitales en las villas para acoger a los hombres y que no duerman en las calles cuando las posadas estén llenas o no puedan pagarlas, y también debe hacer alquerías en los lugares yermos.»

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