En
esta obra, mi apreciado amigo Fernando, se muestra profusamente esa amalgama, cuya infinidad asombra,
del significado de las palabras realismo e idealismo que Cervantes
supo, como nadie, plasmar. Realismo e idealismo que, contra lo que
al pronto parece y muchos creen, son, si no lo mismo, sí momentos
diversos de una misma cosa. Entre realismo e idealismo hay
diferencia de grado, no de esencia. Realismo es tenido por la
mayoría como pintura de cuanto deleznable en
las determinaciones de la libre volición, o sea, todo reflejo de
la animalidad atávica en los humanos. Idealismo se cree, por el
contrario, aquello que libremente se con alteza de miras, con
ética, con altruismo y desinterés. En puridad, tales
apreciaciones son por igual erróneas. Porque de igual manera que
el escritor que en sus narraciones se circunscribe a la pintura de
las facetas del prisma de la vida donde triunfan la filantropía,
el heroísmo y el sacrificio, proclama elocuentemente las
excelencias del bien al semejante, el que en sus escritos nos
muestra al desnudo las lacras humanas, el crimen, la envidia, el
hedonismo y la egolatría, no propugna porque tales flaquezas y
delitos de la arcilla imperen, sino todo lo opuesto: aspira a que
la cruda visión del mal, haga brotar la espontánea y sincera
exaltación hacia el bien que estas apreciaciones son
refiriéndonos a los verdaderos escritores, los que siempre han
antepuesto a todo la sagrada conciencia profesional, que en sus
obras de recio realismo o de quintaesenciado idealismo nos van
legando preciosos tesoros del pensamiento de cada época, no a los
mercaderes de la literatura muy al uso hoy día, que escriben esas
execrables composiciones de pavorosa y ridícula salacidad con
vistas solamente al éxito de venta entre un publico engañado por
la publicidad.
Realismo
es, pues, el reflejo exacto, fiel y sincero de la realidad, ajeno
en su forma a toda intención ética. Idealismo es la pintura de
esa realidad circunscrita a sus aspectos más gratos y afines a
todo el que imagina la posibilidad del imperio de la sublime
entelequia de lo bueno, lo verdadero y lo bello, o sea lo que
Cousin expresó en su conocido gráfico. He aquí como el Quijote
culmina entre las obras más grandes de todos los tiempos por esa
admirable coexistencia de ambos: el realismo certero, soberano,
insuperable en la descripción de los personajes, las sicologías,
los paisajes y los hechos más diversos representativos de la vida
sempiterna, y el idealismo de ciego entusiasmo, fantasía y
ensueño del hidalgo caballero Quijano.
Pero
íbamos haciendo demasiada larga esta digresión, sugerida de
considerar tan frondosa la vena cervantina, y alejándonos, por
tanto, de nuestros motivos, que no son otros que el de señalar el
pasaje del Quijote en el que nosotros, a fuerza de admirar, y por
lo tanto de estudiar la obra de Cervantes, atisbamos la
culminación de su realismo.
En
el capítulo XXXI de la primera parte, presenta tal altura de
pensamiento, intensidad sentimental y claridad de expresión, que
no dudamos en disputar ese capítulo como el más recio y humano
de los ciento veintiséis que componen la obra.
Recordemos:
era cuando caminaban don Quijote, Sancho, el cura, maese Nicolás
el barbero, Dorotea y Cardenio por uno de los resecos caminos de
herradura manchegos. Iban los dos primeros, caballero y escudero,
en graciosa plática, refiriéndose el segundo a la visita hecha a
la señora Dulcinea del Toboso. Entonces acertó a pasar por allí
Andrés, el muchacho aquél a quien generosamente libró don
Quijote, o él creyó librar, de la furia de Haldudo el Rico,
vecino de Quintanar, cuando éste le vapuleaba, atado a una encina
y desnudo de medio cuerpo para arriba, por su poco cuidado en la
custodia o guarda de las ovejas y por reclamarle su salario
impagado. Abrazó el muchacho por las piernas a don Quijote,
mientras le decía: "¡Hay señor mío! ?No me conoce vuestra
merced? Pues mire bien, que yo soy aquel mozo, Andrés, que quito
vuestra merced de la encina donde estaba atado."
Reconociéndole don Quijote, y cogiéndole una mano le mostró a
sus acompañantes, comenzando a endilgarles uno de aquellos
habituales discursos por los que narraba el poder de su brazo y su
valentía en la escena de referencia, orgulloso y entusiasmado de
su buena acción. Al terminar de reconstituir verbalmente aquel
trozo del pasado, el caballero preguntó al muchacho:
-¿No es
verdad todo esto, hijo Andrés?
-Todo lo que vuestra merced ha
dicho es mucha verdad -respondió el jovenzuelo-; pero el fin del
negocio sucedió muy al revés de lo que vuestra merced se
imagina.
-¿Cómo al revés?
Y entonces Andrés refirió al
hidalgo y demás circunstantes cómo el avaro le ató de nuevo,
apenas hubo marchado don Quijote, y le volvió a zurrar de lo
lindo, dejándole hecho un San Bartolomé; y cómo se burlaba de
él mientras le pegaba; y cómo estuvo después en un hospital
curándose durante algún tiempo, y cómo, por fin, de ello tenía
la culpa el propio caballero, porque encendió en cólera al
villano con sus frases y amenazas, de tal suerte que éste no
pagó al muchacho y le volvió a martirizar.
Don
Quijote comprendió que hizo mal en marcharse cuando tuvo lugar la
escena de referencia, sin que Haldudo hubiese pagado a Andrés su
salario. Y quiso en aquel mismo momento emprender el camino en
busca del menguado que no cumplió lo prometido; pero tuvo que
desistir de ello, pues Dorotea le recordó la promesa que le
había hecho, en la farsa que ésta y algunos de los demás
acompañantes representaban con el fin de llevarse a don Quijote a
su aldea, desde el retiro de penitencia de Sierra Morena, de ir
sin perdida de tiempo a acometer la empresa de su desagravio
contra el gigante de su reino Micomicón.
Es
aquí donde viene esa sensación de contraste de realismo que nos
parece el más grande, el verdaderamente culminante de toda la
obra, y que resume el profundo sentido de la eterna sicología
humana, en su constante lucha del materialismo contra el ideal. La
ingratitud del muchacho, que desprecia el bien hecho y el
juramento de don Quijote de vengarle, y pide, en cambio, algo que
comer, prefiriendo, irreverentemente, a esto, un poco de queso y
pan; la risa mal disimulada de los acompañantes del caballero; la
tristeza de Sancho al tener que desprenderse de un poco del
contenido de su alforja, con los cual, según sus palabras, le
llegaba también a él parte de las desgracias del mancebo, y la
mezcla de desencanto e ira del hidalgo, constituyen un singular
momento en el que simultanea la idealidad y el desinterés con el
materialismo y la ingratitud, con la burla y la ironía, que
cierra el muchacho partiendo, no sin decir antes a su benefactor:
"Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez
me encontrase, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni
me ayude, sino déjeme con mi desgracia, que no será tanta que no
sea mayor la que me vendrá de la ayuda de vuestra merced, a quien
Dios maldiga y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en
el mundo".