LA VERDADERA HISTORIA DE LA ORDEN DEL TEMPLO DE JERUSALÉN
A la luz de la documentación histórica

ANTONIA - HUESCA - ESPAÑA.-  Ya he leído una buena parte del libro. Es muy agradable de leer ya que está todo muy bien explicado aún siguiendo el rigor científico. He disfrutado leyendo y poniendo en práctica algunas de las recetas templarias que en él se dan a conocer que son perfectamente algunas realizadas hoy cómo la de los espárragos trigueros que me salió muy bien. Pero otras no sé a qué se refiere cuando dice: “cerrajas arrepolladas” . Y las rebanadas de pan borrachas las hacía mi abuela y nos daba con el consecuente enfado de mi madre. Está muy bien toda la regla de los templarios. Y he leído con interés el tema del Grial.

RESPUESTA DEL AUTOR.- Apreciada Antonia, gran alegría he sentido al recibir tu escrito. Tal como tú dices, mi apreciada amiga, muchas de las recetas que antaño se elaboraban en las rústicas cocinas de la Edad Media, nuestras abuelas todavía las seguían haciendo cuando éramos niños. Las rebanadas de pan Borrachas me las daba mi abuela Francisca para que me fortaleciera. Hay que decir que yo estaba entonces muy delgado. Sin embargo, y como es natural, entre otras cosas porque el azúcar no estaba disponible en esta parte del mundo, las recetas han cambiado de ingredientes. Las cerrajas o cerrajones, del latín "serralia" es una hierba comestible que incluso en este tiempo es muy estimada por las personas que saben de su bondad. El diccionario de la Real Academia de la Lengua dice sobre ésta lo siguiente: "Hierba de la familia de las compuestas, de seis a ocho decímetros de altura, con tallo hueco y ramoso, hojas lampiñas, jugosas, oblongas y con dientecillos espinosos en el margen, y flores amarillas en corimbos terminales". Para que te des una idea, es como la lechuga, y en el siglo XVIII se le llegó a llamar la "lechuga de los pobres". Con esta hierba se solía hacer una medicina para calmar los dolores del estómago, que fue conocida como agua de cerrajas.

JAVIER - SEVILLA - ESPAÑA.- Acabo de leer su último libro. Me ha parecido muy interesante, y me ha sabido a poco. Ya era hora de que se escribiera algo serio y contrastado con documentos históricos, en lugar de tanta morralla "pseudo lo que sea", pues no sé como clasificarla. Tan solo una puntualización sin importancia, y siempre desde mi humilde parecer. La canaladura de las espadas templarias en particular, y de las medievales en general, creo que no era para inflingir mayores heridas al enemigo, pues estas de por sí son ya bastante ofensivas, sino que dado su tamaño, la canaladura les aliviaba el peso. Le vuelvo a felicitar por esta obra, y no tome a mal mi comentario.

RESPUESTA DEL AUTOR.- Apreciado amigo Javier. Muchas gracias por tus cumplidos hacia el libro que ya has leído. Espero que lo recomiendes a todos tus conocidos. En cuanto a lo que dices de las canaleras que eran forjadas en las espadas templarias, debo de decirte que a veces quienes nos dedicamos a leer, traducir, recopilar y manejar tantos documentos, cargamos de tal forma nuestras mentes que llegamos a cometer algunos errores involuntarios. Este error que me apuntas tan acertadamente, debe de haber sido producido por el hecho de que en un TRATADO DE HERRERÍA, dictado por un herrero templario en el año del Señor de 1245, cuyo título es: «De cómo se ha de herrar el caballo y tratar las armas de acero», dice el maestro sirviente, refiriéndose a la fabricación de las espadas reglamentarias del Temple, lo siguiente: «Se ha de realizar un abatan (un canal) a todo lo largo de la espada, con la ayuda principal de una herramienta desbastadora y de otra refinadora, que habrá que alternar según la necesidad, impidiendo siempre que el acero se caliente demasiado para evitar que se destemple y pierda su fortaleza…» Esta lectura me dio a entender, tal vez erróneamente, que era una temeridad por parte de los maestros herreros, forjar esas canaleras sólo para aliviar a las armas de peso. Ya que las predichas canaleras tenían que ser efectuadas después de haber sido forjadas las espadas, es decir, cuando ya el acero había tomado su temple y existía el peligro de que al hacer las canaleras se destemplara y perdiera su dureza y su poder. Pero ahora, con tu acertada corrección, me he dado cuenta de que tienes toda la razón. Me gusta que los lectores se comuniquen conmigo, y no quisiera perder nunca ese privilegio, precisamente porque vosotros me enseñáis más que las disciplinas diarias a las que voluntariamente me someto y más que los documentos que tengo que manejar.

FÉLIX MIGUEL - VALENCIA - ESPAÑA.- Verdaderamente magnífico, se agradece --sobre todo en estos tiempos que corren en lo que todo vale-- el rigor y erudición que destila tu obra. Nos hacen falta trabajos serios como el tuyo ante tanto "historiador" de medio pelo que por desgracia sufrimos actualmente. Saludos y felicidades por tu libro.

JAVIER SALVADOR - TRUJILLO - PERÚ.- Todo lo que les sucedió a los de la Orden del Temple es como para sentirse orgulloso porque todo lo que hicieron estaba a la altura del espíritu evangelizador, pues nada los detuvo. Y espero que todos los que de alguna forma deseamos ser integrantes de esta orden, tengamos bien claro nuestros orígenes. Eso es lo que nos debe mover para servir a Dios, pues Él es el fin de toda nuestra vida.

DAVID - IXTAPALUCA- MÉXICO.- Espero que se encuentre bien y que siga escribiendo obras como ésta.

ARIEL - BUENOS AIRES - ARGENTINA.- Muy buen libro. Es grato saber que todavía quedan personas que buscan la verdad.