Quienes de vosotros hayáis seguido y querido saber con certeza el génesis
de la Copa que Jesús de Nazaret usó en su última celebración de la Pascua
acompañado de sus discípulos, se habrán encontrado, la mayoría de las veces,
con abundantes hipótesis y complejas argumentaciones.
Sobre
el mito del Grial se han derramado chorros y chorros de tinta. Unos dicen que
apareció en este mundo de la mano de fulano; otros que fue bajado del cielo
para aprisionar al diablo...
Desde este artículo, que por razones obvias no voy a poder extenderme
todo lo que yo quisiera para daros mis precisiones sobre tan importante asunto,
voy a tratar de explicaros esta porfiada interrogación a partir de mis modestas
investigaciones.
Jesús de Nazaret asignó a
cada uno de sus discípulos una misión en la tierra. Y a todo les encargó que
mientras cumplían con el servicio encomendado, que no tomaran para el camino
ni báculo, ni pan, ni dinero, ni alforja... (Mt. 10, 9-11.); (Lc. 9, 3-4.); (Mc. 6, 8-9.)
Acabado de leer lo que antecede, enseguida pensamos
que Jesús designó las mencionadas misiones solamente a doce discípulos, a los
que ya todos conocemos sobradamente. En los Evangelios canónicos, después de
ser traducidos y retraducidos, Marcos nos dice que llamando a sí a los doce,
comenzó a enviarlos de dos en dos... (Mc. 6, 7.); Mateo nos dice que a
estos doce los envió Jesús, haciéndoles las siguientes recomendaciones... (Mt.
10, 5.); Pero, cuando llegamos a Lucas, podemos observar que quienes al traducir
y retraducir quisieron sostener el nombre de los doce como únicos discípulos,
como humanos que eran, algo se les escapó. Y así nos enteramos por la pluma de
Lucas que después de estos, designó Jesús a otros setenta y dos y los envió
de dos en dos... (Lc. 10, 1.)
Leyendo los evangelios apócrifos,
a poco que ahondemos en ellos, podremos darnos cuenta que José de Arimatea fue
discípulo de Jesús, que estuvo entre esos setenta y dos más doce.
Y que como la mayoría de los discípulos que lo amaban, también él
escribió su evangelio para recordarlo y para dar a conocer los muchos prodigios
que obró. Pero cuando llegamos a esta evidencia, nuestra pregunta es la
siguiente: ¿Si Jesús de Nazaret designó a cada uno de sus discípulos un
cometido para que lo llevasen a cabo mientras vivieran en este mundo, qué misión
le encomendó a José de Arimatea? Este encargo debió de ser muy secreto. Y,
según se puede deducir de los escritos, tuvo que ser un encargo solamente
conocido por Jesús y por el mismo José, pues si reparamos en los Evangelios,
cada vez que se habla de José de Arimatea, se hace de una manera distante o de
una forma secreta.
Y os voy a poner un
ejemplo. Todos sabemos, o por lo menos para nadie es ya un secreto, que Jesús
celebró su última cena en la casa de José de Arimatea. Y sin embargo, los
tres evangelistas sinópticos, coinciden en silenciar ese nombre. Y aquí sí
que puedo decir que los traductores y retraductores no tienen culpa de ello
porque yo pude leer estos Evangelios en su lengua original y no difieren mucho
de los canónicos.
Llegado el día de Ácimos,
el día en que se sacrifica la Pascua, los discípulos de Jesús estaban
inquietos porque no sabían donde iban a celebrarla.
Marcos
nos dice: «El día primero de los Ácimos, cuando se sacrificaba la Pascua, dijéronle
los discípulos: ¿Dónde quieres que vayamos para que preparemos la Pascua y la
comamos? Envió a dos de sus discípulos y les dijo: Id a la ciudad, y os saldrá
al encuentro un hombre con un cántaro de agua; seguidle, y donde él entrare,
decid al dueño: El Maestro dice: ¿dónde está el departamento, en que pueda
comer la Pascua con sus discípulos? Él os mostrará una sala alta, grande,
alfombrada, pronta. Allí haréis los preparativos para nosotros...» (Mc. 14,
12-16.)
Lucas nos dice: «Llegó, pues, el día de los Ácimos, en que habían de
sacrificar la Pascua, y envió a Pedro y a Juan, diciendo: Id y prepararnos la
Pascua para que la comamos. Ellos le dijeron: ¿Dónde quieres que la
preparemos? Díjoles él: En entrando en la ciudad, os saldrá al encuentro un
hombre con un cántaro de agua: seguidle hasta la casa en que entre y decid al
amo de la casa en que entre: El Maestro te dice: ¿Dónde está la sala en que
he de comer la Pascua con mis discípulos? Él os mostrará una sala grande,
aderezada; preparadla allí... (Lc. 22, 7-13.)
Mateo nos dice: «El día primero de los Ácimos se acercaron los discípulos
a Jesús y le dijeron: ¿Dónde quieres que preparemos para comer la Pascua? Él
les dijo: Id a la ciudad a la casa de Fulano y decidle: El Maestro dice:
Mi tiempo está próximo; quiero celebrar en tu casa la Pascua con mis discípulos...»
(Mt. 26, 17-19.)
Los tres testimonios coinciden cuando escriben: «El Maestro dice».
Dando a entender que quien recibe el mensaje era un discípulo del Maestro, pues
de otra forma la persona a quien iba dirigido el mensaje no hubiera sabido quien
mandaba al mensajero a menos que hubieran dado su nombre. Y por otra parte,
vemos como entre el Maestro y el discípulo, había un acuerdo tácito: «Él
os mostrará una sala grande, alta, alfombrada...»
Las
declaraciones de Marcos y de Lucas son propias de una novela de espías o, como
mínimo, de una película de misterio; las de Mateo, sin embargo, nos dan a
entender que sabe el nombre pero que no quiere o que le esta vedado el decirlo,
y le da el seudónimo de: Fulano.
Para escribir mi último libro, que será publicado a principios del mes
de marzo, y que llevará por título: «El evangelio de la hermana de Jesús»,
he tenido que examinar numerosos evangelios para tratar de construir la
verdadera historia de un hombre que vivió para hacer el bien y murió por
desaprobar las riquezas de la iglesia y por defender a los pobres y a los
desposeídos de este mundo. Y por ellos pude saber que José de Arimatea puso
mucho interés en quedarse con el cuerpo de Jesús, una vez que éste fuese
ejecutado. En el evangelio de Pedro, podemos leer: «Se encontraba allí a la
sazón José de Arimatea, el amigo de Pilato y del Señor. Y, sabiendo que iban
a crucificarle, se llegó a Pilato en demanda del cuerpo del Señor para darle
sepultura en su huerto. Pilato se lo comunicó a Herodes, y Herodes le dijo:
“Hermano Pilato: aun dado caso que nadie lo hubiera reclamado, nosotros mismos
le hubiéramos dado sepultura, pues está echándose el sábado encima y está
escrito en la ley que el sol no debe ponerse sobre un ajusticiado”».
Lo que os quiero manifestar a continuación, y que es el eje de este artículo,
lo voy hacer trayendo un trocito del libro cuyo contenido, como ya os he dicho
antes, ha sido documentado mediante la lectura de abundantes documentos
antiguos. Libro que será publicado a principios del mes de marzo.
En el capítulo VIII, que trata de la prisión y muerte de Jesús,
decimos lo siguiente:
«Cuando llegamos a la cueva que iba a servir de tumba a mi hermano Jesús,
José de Arimatea nos rogó que esperásemos un momento antes de comenzar a
lavar el cadáver. Se marchó hacia su casa, que distaba de la cueva unos
cuarenta o cincuenta metros, y regresó con la copa que mi hermano había usado
para beber cuando el día anterior habíamos celebrado en su vivienda la Pascua.
Traía también, bajo el brazo, una blanca y limpia sábana que dejó sobre una
silla. Acto seguido, puso el canto de la vasija bajo la enorme herida del
costado del cadáver y tomó de ella un reguero de sangre que todavía estaba
fresca. Después limpió cuidadosamente el borde del recipiente con esmerado
cuidado y lo guardó en un pequeño armario que la cueva poseía para almacenar
recuerdos de los seres enterrados.
»José
de Arimatea era hombre religioso y sabía que en el Levítico Yavé nos dice que la
vida de la carne es la sangre, y que hay que ponerla sobre el altar o cerca del
hipogeo para resucitar nuestros cuerpos...»
Que
cada uno de vosotros saque sus propias conclusiones sobre lo que aquí hemos
expuesto. Yo, no obstante, os puedo decir que el Santo Grial, portador de la
Sangre del Hijo de Dios, existe, y que se encuentra muy cerca de nosotros; el
Santo Grial dentro de nosotros está. El Santo Grial es la sangre misma del
Padre derramada por el Hijo... Sangre que quedó en la copa y copa que quedó en
la tierra para dar virtud a nuestra carne y para resucitar nuestros cuerpos...
Jesús así nos lo hizo saber. Él nos dejó bien claro que optar por un Dios
donador de libertad y cercano al hombre es arriesgado y costoso. Él mismo selló
ese compromiso con su propia sangre. Pero antes de morir nos dejó bien claro
que optar por un Dios cercano al hombre, no es una decisión que otros puedan
poner en tu entendimiento, que ni siquiera aquellos que se hacen llamar a sí
mismos intermediarios de Dios pueden manipular nuestra voluntad, que a Dios
tampoco se llega matando ni despreciando a quien no cree en él, ni que tampoco
se puede adquirir a fuerza de guerras y de matanzas, sino que es algo que brota
de lo más hondo de uno mismo cuando descubre que la sangre de Dios no está en
el cielo porque si así fuera los pájaros nos tomarían la delantera, ni está
en el mar porque si así fuera los peces nos tomarían la delantera, sino que la
sangre de Dios está dentro del corazón del hombre, que la sangre de Dios forma
parte de la estructura del hombre, que la sangre de Dios está, definitivamente,
tan metido en el hombre, que allí donde esté el hombre estará siempre Dios...
Porque Dios es el fruto de la experiencia de dejarse poseer por Él, no del
querer poseerlo ni manipularlo.