UN LEÓN QUE PASÓ POR MURCIA

Fueron varias las ocasiones en que don Juan de Austria pasó por Murcia. Pero hay sin embargo una muy especial y digna de relatar por lo que aconteció en ella. Corría el año 1575 cuando la ciudad de Murcia recibió la visita del ya máximo héroe de la batalla de Lepanto que se dirigía hacia Cartagena para embarcar rumbo a las costas africanas donde ostentaba el mando de las tropas españolas como Capitán General de las mismas desde el año 1560, fecha en que España inició una serie de acciones en el mar Mediterráneo contra los turcos otomanos.

El Concejo de Murcia organizó una serie de festejos en honor de tan ilustre señor: las fachadas de las calles de los edificios por donde tuvo que pasar fueron engalanadas, a los funcionarios y a los escolares se les dio el día de fiesta, y se les ordenó a los terratenientes, ganaderos e industriales que también diesen ese día libre a sus asalariados.

Ni que decir tiene que, bajo estos preconcebidos preparativos, las calles estaban abarrotadas de personas de toda clase y condición que esperaban ver pasar la pintoresca comitiva. Pero cuando ésta llegó, todos los murcianos pudieron ver, unos con curiosidad y otros con espanto, que tras del elegante caballo que montaba don Juan de Austria, caminaba un enorme león que de vez en cuando, mirando con indiferencia al público murciano, levantaba la cabeza y rugía fuertemente.

La historia de cómo llegó este manso león a las manos de don Juan de Austria es la siguiente: Según cuenta el Padre Coloma y otros historiadores, se hallaba don Juan en Túnez, donde se había desplazado para conquistar dicha ciudad en favor del legítimo Rey Muley Hamida que había sido despojado de ella por las tropas turcas.

Mientras duró la conquista, don Juan se hospedó en el Alcázar, que era propiedad del rey Hamida. Era ésta una residencia muy espaciosa y muy bien protegida que estaba llena de hermosos jardines y de anchos patios.

La habitación que ocupaba don Juan escondía una escalera de caracol que bajaba directamente a un jardín, hermoso y fresco, que estaba plantado de flores aromáticas, de naranjos, limoneros, membrilleros y granados... Un poco más allá se hallaban los baños y, tras ellos, la parte vieja y ruinosa del Alcázar.

El día después de su llegada, don Juan sintió un calor intenso y sofocante a la hora de la siesta y, como no podía conciliar el sueño, descendió por la escalera con dirección al jardín en busca de un ambiente más fresco.

Se sentó sobre un gracioso banco alicatado todo de azulejos moriscos que se encontraba bajo la sombra de una espesa enredadera y, ya sea por la frescura de aquel lugar, por el suave sosiego que allí se disfrutaba, o por el relajante rumor del agua que por sus fuentes corría, que don Juan se quedó durmiendo.

Cuando despertó, vio echado a sus pies roncando plácidamente, un enorme león de espesa pelambrera. El sobresalto que se llevó el Capitán General fue descomunal. Buscó la espada para defenderse pero no la encontró porque se la había dejado en la habitación, así que sin otro remedio, se subió al banco y comenzó a gritar, todo ello ante la indiferencia del animal que sin sobresaltarse seguía durmiendo en el suelo.

A los gritos de don Juan apareció un esclavo nubio y, con pintoresca mímica, le explicó que aquel hermoso león era un animal domesticado para solazar, acompañar y defender al rey.

Descendió entonces don Juan del banco donde se había subido para protegerse de las fauces del león y acarició la cabeza del magnífico animal... Y dicen que desde aquel mismo instante se originó una asombrosa corriente de simpatía entre los dos leones: El León de Austria y el león del desierto... Y el rey Hamida, advirtiendo lo bien que se llevaban los dos leones, le regaló el animal a don Juan.

El Capitán General bautizó al león con el nombre de: «Austria». Y cuentan que ni de noche ni de día se apartaba el león de su presencia. Allí donde estaba o iba don Juan de Austria, estaba o iba el león. Y también dicen que, como si de un perro muy manso se tratara, el león le daba la pata cuando su dueño se la pedía.

Los cronistas de don Juan aseguran que este es el león que se ve bajo algunos de sus retratos. Y que de él tomó el novelesco nombre de: «El Caballero del León», con el cual se conservan firmadas bastantes cartas.

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