La
palabra "moral" procede, del plural latino
"mores", que viene a significar las
"costumbres". Desde su misma presentación evoca, por
consiguiente, una gama de fenómenos relativos al comportamiento,
aunque bastante complejos y necesitados de una cierta
articulación.
En
primer lugar percibimos que el hombre es un ser desprovisto de un
sistema de instintos tan rico como el de los animales, que se
mueven "seguros" en su entorno. El hombre vive el
desvalimiento propio de quien se encuentra arrojado en un ambiente
que ha de modificar y adaptar a sus necesidades. No actúa
simplemente por un sistema de respuestas ante los estímulos
exteriores o interiores. El hombre es capaz de ofrecer sus propias
respuestas, imaginativas y creadoras. Se mueve con libertad y con
una cierta independencia. Sus decisiones se abren en un abanico de
posibilidades.
La
realización, con cada acto, de la posibilidad preferida entre las
distintas y múltiples situaciones, a través del ejercicio de la
inteligencia y la voluntad, va ajustando la vida del hombre,
acotando su entorno y configurando su hábitat frente a la
realidad. Como esto no ocurre una sola vez, sino que el hombre ha
de repetirlo a lo largo de toda su existencia, nos encontramos con
que el hombre va adquiriendo así una segunda naturaleza, modos
constantes de obrar. En este sentido, todos los actos, en cuanto
realizaciones de una posibilidad preferida, contribuyen a sostener
al hombre en la existencia y, por consiguiente, a configurar su
segunda naturaleza o personalidad moral.
Así
pues percibimos que el hombre es un ser que elige. Incluso aquel
hombre que hubiera elegido no llegar a concretar ninguna
elección, habría hecho en realidad la peor y más dramática de
todas las elecciones: la de degradarse hasta el terreno de las
realidades inertes o puramente instintivas. El hombre es el sujeto
del comportamiento moral por ser el primer ser libre. O, si no se
quiere prejuzgar la cuestión de su libertad efectiva, por tener
al menos la conciencia suficiente de su propia libertad.
Percibimos
además que nuestras elecciones no son diferentes. Unas son
preferibles a las otras. Cabría preguntarse cuál es el criterio
de preferibilidad de las acciones humanas. Podría constatarse que
muchas veces ese criterio es la comodidad. En otras ocasiones
parece ser la inmediata utilidad. O la eventualidad de una
retribución futura. O tal vez la simple conciencia del
"debe", que parece imponerse, imperativa y fulgurante
como un rayo. A veces, el criterio parece ser una decisión
generosa que no encuentra aplicación en los intereses inmediatos
y hace suponer la existencia de un alto ideal o una fuerte
experiencia religiosa como motivación de la preferible de las
acciones. De todas formas, las elecciones humanas aparecen
teñidas de un color que ofrecen una determinada valoración. Y
sobre las base de esa valoración, las acciones de los hombres -o
las omisiones- pueden ser calificadas de "buenas" o
"malas". El hombre es el sujeto del comportamiento
moral, no solamente por ser libre de las ataduras del
instinto, sino por ser libre para elegir unos valores u
otros.
Percibimos,
por último, que las acciones humanas no alcanzan su acabamiento
en nosotros mismos. Son como un río que llega hasta otras
riberas. El hombre que actúa lo hace siempre para los demás y
frente a los demás, por más que se esfuerce en subrayar su
cerrazón y su separatividad. También el hombre que decide no
actuar en un determinado momento asume una opción cuyas
consecuencias alcanzan a su ambiente, sea éste cósmico o humano.
Vivir es convivir. De ahí que los sean responsables de su
comportamiento ante otros. Los actos humanos, inevitablemente
morales, son también inevitablemente dialógicos. En cuanto
reveladores de un sujeto o en cuanto interpeladores ante el rostro
de otros sujetos. Aun antes de adquirir conciencia explícita de
ello, todo hombre es responsable de su comportamiento. Ante una
especie de invisible tribunal, exterior a nosotros -los demás, la
historia, un Dios trascendente- los hombres rendimos cuentas de
nuestras actuaciones. Y ese tribunal no deja a nuestro arbitrio
subjetivo la calificación moral de nuestras acciones.