Antes de que el Espíritu Santo
distinguiera como papas a Juan XXIII, Pablo VI, y ya, por último a Juan Pablo
II, se oía decir de los católicos que eran gente demasiado despegada,
despreocupados de los grandes problemas sociales de su tiempo. Personas
inhibidas de todo compromiso, carentes de entusiasmo por el futuro y
excesivamente preocupados por su bienestar material. Estos creyentes atribuían
su tibieza a que vivían una teología que les había dejado huérfanos de sus
quehaceres seculares, indefensos ante proyectos humanos. La Iglesia no les
dejaba vivir el Evangelio por ellos mismos. Todo había que hacerlo a través de
instituciones religiosas. Juan XXIII, creyendo con mucha razón que un Papa ha
de seguir el ejemplo de Jesús, esto es, viajar de pueblo en pueblo, e ir mezclándose
con gente de todas las clases sociales y razas, comienza sus innumerables viajes
papales, llevando como mensaje a todos los católicos del mundo, el criterio de
que los laicos han de colaborar para que la paz sea algún día una realidad en
el mundo. Proposición que más tarde dejaría implícita en su Encíclica «Pacem
in Terris». Pablo VI sigue su ejemplo. Y en una de sus famosas alocuciones al
Concilio Vaticano II, decía: «Tal vez nunca como en esta ocasión ha sentido
la Iglesia necesidad de conocer, de acercarse, de comprender, de penetrar, de
servir, de evangelizar a la sociedad que le rodea...» Del Papa Juan Pablo I, a
pesar de haber sido elegido también por el Espíritu Santo, nada podemos decir
porque fue tan efímero su papado, que a penas le dio tiempo ni siquiera de
salir a la calle. Pero no es este el caso de Juan Pablo II. Éste, durante los
26 años de su pontificado, tomando las antorchas de sus antecesores, visita más
de 129 países de todos los continentes, y en todos ellos suplica a los seglares
que le escuchan que trabajen por la Iglesia, que se hermanen con las otras
religiones y que intercedan por la paz entre todos los hombres del mundo. Los
tres papas mencionados, fueron iluminando las tinieblas con la luz del
Evangelio, se hicieron pobres entre los pobres, presos entre los presos y
cercanos a la gente. Los tres coincidieron en asegurar que el cristiano ha de
cooperar en la liberación del mundo e implicarse personal y religiosamente en
conseguir la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad de todos los
seres humanos. Con este amor hacia el prójimo, ¿cómo es posible que la gente
se sorprenda de haber visto tales multitudes en sus entierros?