LAS RELIGIONES PROFÉTICAS (3ª parte)

La religión en la época de los reyes y de los profetas.

La monarquía, en su conjunto, representó el apogeo del sincretismo. La institución monárquica era una idea extranjero en Israel. Por eso, al asentarse en Canaán, tuvieron que formar consejo para decidir si debían o no aceptarla.

Por fin, se decidieron por ella. Pero la originalidad de la ideología monárquica israelita consistió en revalorizar esta institución como un acto de su historia sagrada. El rey era el ungido (masiah) de Yahvé (1 Sam. 24. 7-11); era adoptado por Yahvé y en cierto sentido se convirtió en hijo suyo (2 Sam. 7-14); se sienta en su trono al lado de Yahvé (Sal. 110. 1.5). Pero, la posición única de Yahvé hace imposible la divinización del rey: éste es el siervo por excelencia de Yahvé (este término se aplica en la Biblia 60 veces al rey David). Como representante de Yahvé, el rey de Israel, al igual que otros soberanos, del Antiguo Oriente, debe asegurar el orden cósmico (Sal. 2. 10-12), imponer la justicia, defender a los débiles (Sal. 72, 1 ss), asegurar la fertilidad de la tierra (Sal. 72. 6-16). La monarquía se interpretó, pues, como una nueva alianza entre Yahvé y la dinastía de David, prolongación de la alianza del Sinaí. El rey ideal, el Mesias, inaugurará un reino «paradisíaco», como dirán luego los profetas adornando sus palabras con brillantes imágenes. Salomón construyó el templo de Jerusalén junto al palacio real. De este modo asoció el culto del santuario a la monarquía hereditaria. El templo de Jerusalén, residencia de Yahvé, se convirtió en santuario nacional, y el culto real se identificó con la religión del Estado.

Esta unión íntima del trono y el altar trajo sus consecuencias. Los monarcas tenían que gobernar una población que constaba de dos capas, los israelitas descendientes de los antiguos invasores y los cananeos indígenas. Para una mayor facilidad de la tarea de gobierno, los monarcas fomentaron la fusión de ideas y de prácticas religiosas, vividas por estas capas de población. Salomón aceptó los cultos de sus esposas extranjeras y permitió construir santuarios a sus dioses (1 Re. 11. 6-7).

A su muerte, el reino se dividió en dos, el Reino del Norte o Israel y el reino del Sur o Judá. Jeroboam, primer rey del Norte, estableció santuarios en Betel y Dan, en los que se adoraba a Yahvé bajo la forma de un becerro de oro (1 Re. 28-29). El sincretismo alcanzó proporciones desconocidas. El culto cananeo, brillante, con su elaborado sistema sacrificial, ocupó la parte principal de la religión de Yahvé.

Ante tal desbarajuste, los profetas contemporáneos a la monarquía, se pronunciaron duramente contra el culto y a favor del «Yahvé del derecho y la justicia». Los profetas no inventaban, no hacían sino recuperar al Yahvé de Moisés, al Yahvé de los orígenes, al Yahvé de la justicia y de la libertad que, en Canaán, prácticamente se había evaporado. Así, pues, el Yahvé de los profetas estaba en oposición radial al Yahvé baalizado, en oposición al sincretismo religioso monárquico. El Yahvé de los profetas era un Dios viviente, único, santo, celoso, trascendente, justo, fiel, misericordioso, absolutamente diferente del hombre. Con los profetas anteriores y posteriores al exilio se logra conseguir el estricto monoteísmo.

Además, estos profetas tienen en común el rasgo de que anuncian el juicio de Dios contra Israel: Yahvé enviará a unos invasores inmisericordiosos para aniquilarlo. El Señor se servirá de los grandes imperio militares como instrumento de castigo contra su propio pueblo que le había traicionado. La única esperanza está en lo que ellos conciben como el «resto» del pueblo elegido que sobrevivirá a la catástrofe. Con este resto se dispone Yahvé a concluir una alianza.

La anunciada catástrofe sobrevino y tuvo sus consecuencias decisivas para la historia de Israel y para la evolución del Yahvismo: desapareció del estado, fin de la monarquía davídica, dispersión de la nación, destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén. Muchos israelitas, en Jerusalén o en el exilio, dudaron del poder de Yahvé, o incluso de su existencia, y adoptaron los dioses de los vencedores. Otros vieron en la catástrofe el juicio de Dios, predicho por los profetas, y tomaron en serio su mensaje. Había que comenzar otra vez. El Templo fue sustituido en el exilio por la Escuela religiosa, que con el tiempo se convertiría en Sinagoga. Se fortaleció la idea de la omnipresencia de Yahvé y la importancia religiosa de la vida interior y de la conducta recta del individuo con sus semejantes. Se suscitó un fuerte sentimiento de esperanza en la redención de Israel. Nada es imposible para Dios. Ezequiel anuncia, como Jeremías, una alianza nueva que implica de hecho una nueva creación.

El profetismo en la historia de Israel.

El profetismo acabó con la religión cósmica, baalizada, de Israel, características de los pueblos agricultores. Desacralizó la naturaleza de dioses. Proclamó la vaciedad de los sacrificios, las fiestas y las ceremonias, así como la vanidad de los santuarios. No pretendió ninguna mejora del culto sino una transformación de los hombres. Hasta después de la caída de Jerusalén no propondrá Ezequiel un oficio divino renovado.

Este rechazo radical de la religión cósmica arrastró consigo el «gozo de vivir» estrechamente unido a toda religión cósmica.

La desaparición de la religión cósmica (que celebraba el misterio de la fecundidad, de la solidaridad dialéctica de la vida y de la muerte) suprimió la sensación interior de seguridad. En efecto, la religión cósmica fomentaba la ilusión de que la vida nunca se interrumpe; por tanto, que la nación y el estado puede sobrevivir por encima de la gravedad de la crisis histórica, como la naturaleza se rehace de las catástrofes naturales (sequías, inundaciones, epidemias, movimientos sísmicos, etc.,); las catástrofes nunca son totales o definitivas. La predicación profética había anunciado la ruina total del país, la desaparición completa del estado y el peligro de aniquilación del pueblo. Sólo quedaría un «resto». Como esto se cumplió, el pueblo quedó en el aire, sin seguridad, sin más asidero que la Palabra y la Promesa de misericordia de Yahvé.

Como el profetismo trabajó en la historia, con los acontecimientos como lugar de manifestación y realización de la «cólera» de Dios, de ahí que la historia adquirió un valor religioso y se convirtió, en sustitución de la naturaleza, en revelación o epifanía de Dios y expresión de su voluntad.

La religión en el judaísmo.

El judaísmo, en el sentido estricto, es la comunidad de judíos, formada a partir de la experiencia del exilio en el siglo sexto antes de Cristo, con sus instituciones, usos, costumbres, creencias y libros sagrados, que ha perdurado sustancialmente hasta nuestros días.

La comunidad que volvió del destierro de babilonia, constituida principalmente por descendientes de la tribu de Judá (Cf. Esd. 1-2), se entendió a sí  misma como el “resto de Israel” purificado. De acuerdo con esta idea, se impuso el establecimiento de un segundo comienzo (un nuevo Éxodo) para llevar a la práctica la fidelidad pactada con el Dios de la alianza, conforme al espíritu de Moisés.

Características fundamentales de este judaísmo fueron:

    Una conciencia renovada, muy intensa, de ser el pueblo de la Alianza, situado por ello ante Dios en una singular y peculiar relación de servicio colectivo y de pueblo pactante: esta conciencia de aliado de Dios ha terminado toda la acción histórica del judaísmo en el mundo y la especial solidaridad para con los socios judíos de todo el mundo.

    Una relación efectiva y afectiva con la tierra prometida a Israel por el Dios de la alianza: vivieran o no en Palestina, «tierra prometida», fundándose en motivos religiosos y han celebrado con entusiasmo el sueño de su posesión.

    Un esfuerzo dramático por soportar el presente, especialmente cuando éste resulta penoso y oscuro por falta de fe y la confusión de ideas, refiriéndose a los periodos gloriosos del pasado y al futuro que se espera rebosante de felicidad.

    Una afirmación del judaísmo con el lenguaje de la Biblia y del Talmud: aun cuando los judíos de todos los tiempos no llegasen a dominar los idiomas hebreo y arameo, sobre todo el primero, siempre sintieron la necesidad de aprenderlos, fundada en motivos de tipo nacional religioso: así lo expresaba la consigna de comienzos de la Edad Moderna: «¡Judío, habla hebreo!».

El periodo del judaísmo primitivo.

Comenzó con el destierro de babilonia (587 a.C.) y terminó con la destrucción del templo de Jerusalén por los romanos (70 d.C.)

TENDENDENCIAS. En este periodo el judaísmo se expresó a través de tres tendencias:

    Restablecer la vida política y religiosa de los tiempos de David y Salomón, alentada por los círculos sacerdotales y la antigua nobleza.

    Escatológica, que miraba a los últimos tiempos en que había de cumplirse la salvación y abrirse la nueva y definitiva era de la felicidad, tendencia fomentada por los círculos proféticos.

    De carácter didáctico, que ponía su empeño en rescatar y reunir todo el material de la tradición nacional, publicar la Ley, instruir al pueblo en ella y aplicarla a la vida ordinaria: esta tendencia fue llevada a cabo especialmente por letrados seglares.

La desaparición de la nueva teodicea.

Con la desaparición de Zorobabel, el último descendiente de la dinastía davídica, se esfumó la esperanza del Mesías davídico en gran parte del pueblo. Con la extinción progresiva del profetismo, en el siglo V a. C., se perdió la esperanza del Mesías Profeta de los últimos tiempos, inaugurador del reino de Dios en la tierra. Sólo quedaba el sacerdocio como representante de las tradiciones de Israel. En el siglo IV a.C., el judaísmo cifró la esperanza mesiánica en el Sumo Sacerdote, descendiente de Sadoc (aquel gran sacerdote que asistió a David y a Salomón). El culto adquirió suma importancia y se hizo complicado y minucioso. El sumo sacerdote se revistió de un carácter regio, por la unción, por los ornamentos reales, por la asistencia divina... Pero, coincidió la preponderancia del sacerdote sadoquita como depositaria de las promesas divinas con el creciente influjo de la cultura griega en Palestina. La crisis de identidad adquirió unas profundidades más insospechadas.

La crisis de los judíos se incrementará por los sucesivos acontecimientos. Los Seléucidas de Siria vencieron a los Tolomeos de Egipto, en Panonia (200 a.C.,) y, como consecuencia de esta victoria, Palestina pasó a poder de Siria (199-142 a. C.) La presión helenizante alcanzó niveles insoportables para el pueblo judío. En esta coyuntura se escribió otro libro, el ECLESIÁSTICO, que representaba la tendencia y actitud espiritual opuesta a la del «Quohelet». Compuesto entre 190-175 a.C., por un escriba, maestro en una escuela sapiencial. El libro iba dirigido a los jóvenes hebreos deslumbrados por el helenismo. Y en él se describe a Ben Sirá, un patriota convencido de la importancia decisiva de la pureza de la Ley. Ataca la ideología secular del helenismo: «Toda sabiduría viene del Señor». Identifica la sabiduría, preexistente en Dios, con la Tôrâ. De ahí que el «sabio» es el que estudia y cumple la Ley: es el hombre piadoso. La Sabiduría ES UN DON DE DIOS a Israel.

Queda claro que la posición del autor del Eclesiástico es tradicionalista, nacionalista, contraria a la filosofía griega, ajeno a las dudas del «Quohelet sobre el sentido de la obra divina. El autor del Eclesiástico justifica la doctrina de la retribución, y exalta la perfección de la obra divina. Recuerda que los piadosos tienen una suerte distinta de los malvados; apoya la esperanza mesiánica sacerdotal, argumentando con la superioridad de la promesa sacerdotal sobre la promesa davídica: el sacerdocio permanece, los reyes han desaparecido; la promesa de Aarón afectó a todo un linaje, mientras que la promesa a David sólo a uno de sus hijos: en consecuencia, el Eclesiástico transfiere a la alianza sacerdotal cuanto se había dicho de la alianza de Yahvé con David; el Eclesiástico fomentó la esperanza mesiánica sacerdotal. Estas ideas deberían haber sosegado a todos los espíritus, haciéndoles retornar al camino tradicional, pero nuevos acontecimientos volvieron a perturbar la conciencia judía.

Próximo número: LOS PRIMEROS APOCALIPSIS, Daniel y Henoc.

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Última modificación: viernes, 30 de enero de 2009
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