LA REGLA DE LOS CABALLEROS DEL TEMPLO DE JERUSALÉN
Archivo de la Corona de Aragón. Regla de la Orden del Temple. Final del siglo XIII. Colección de Manuscritos. Varios IX. Folios 3v-4r

PROEMIO

A todos se dirige especialmente nuestra platica, a aquellos que desprecian seguir sus propias voluntades, y desean con pureza de animo militar al Supremo, y Verdadero Rey, para que deseen tomar las excelentes armas de la obediencia, cumpliendo con exactísima atención, y perseverancia: por esto, aconsejamos a vosotros que habéis abrazado hasta ahora la milicia secular, en que Cristo no fue la única causa, sino el favor de los hombres, que perpetuamente os aceleréis a asociaros a la unidad de aquellos que el Señor eligió del montón de la perdición, y dispuso con su piadosa gracia, para defensa de la Santa Iglesia: para esto, ¡oh caballero de Cristo!, seas quien fueres, que eliges tan santa conversión, conviene que tú, acerca de tu profesión, lleves una pura diligencia, y firme perseverancia, que se conoce ser tan digna, santa, y sublime para con Dios, como pura y perseverantemente fue observada por otros militantes, que dieren sus almas por Cristo, y merecerán ahora obtener el cielo; porque en ella floreció, y apareció una Orden Militar, que dejado el celo de la justicia, intentaba, no el defender a los Pobres, o a las iglesias, como era de su instituto, sino intentar que no los robasen, despojasen, o los matases; bien, pues, os sucede a vosotros, a quienes Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, como amigos suyos os dirigió desde la Santa Ciudad a habitar en Jerusalén, que no cesáis, por nuestra salud y propagación de la verdadera fe, de ofrecer al Señor vuestras almas en víctima agradable a Dios. Finalmente, nosotros, con toda afección, y piedad fraternal, y a ruegos del Maestre Hugo, en quien la sobredicha milicia tuvo principio, estando juntos, con ayuda de Dios, e influyendo el Espíritu Santo de diversas mansiones de la Provincia ultramontana, en la fiesta de san Hilario, año de la encarnación del Señor de 1128, y del principio de la dicha milicia el nono, merecimos oír de boca del mismo Maestre Hugo, el modo, y observancia de esta Orden Militar, capítulo por capítulo; y según la noticia de la pequeñez de nuestro saber, todo lo que en el presente Concilio no se nos pudo contar, y referir de memoria, lo pusimos, de conformidad, y con dictamen de todo el Capitulo, a la providencia, y discreción de nuestro venerable padre Honorio II. Y del ínclito patriarca de Jerusalén Esteban, experto en la fertilidad, y necesidad de la religión Oriental, y de los pobres caballeros de Cristo; a la verdad, aunque un gran número de padres religiosos que en aquel concilio se juntaron por Divina inspiración, apoya la autoridad de nuestro dictamen, no debemos pasar en silencio aquellos que vieron, y profirieron estas verdaderas sentencias, de que yo Juan Michaelis con poder y por mandado del Concilio, y del venerable Abad de Claraval, a quien estaba encargado, y aún le era debido este asunto, merecí, por la Gracia Divina, ser escritor de la presente Regla.

I. De cómo se ha de oír el oficio divino

Vosotros que en cierta manera renunciasteis a vuestras propias voluntades, y otros que, por la salvación de vuestras almas militáis sirviendo al Rey Supremo con caballos, y armas, procuréis universalmente, y de puro afecto, oír los Maitines, y todo el oficio entero, según la canónica institución y costumbres de los doctos regulares de la Santa Iglesia de Jerusalén; y por eso, ¡oh venerables Hermanos!, a vosotros muy en particular os toca, porque habiendo despreciado al mundo, y los tormentos de vuestros cuerpos, prometéis tener en poco al mundo por amor de Dios; y así, reflexionando y saciados con el Divino manjar, instruidos, y firmes en los preceptos del Señor, después de haber consumado y concluido el Misterio Divino, ninguno tema la pelea, sino que esté apercibido para la corona.

II. Que digan las oraciones dominicales, si no pudieran asistir a oír el Oficio Divino

Además de esto, si algún Hermano estuviese distante o remoto en negocios de la cristiandad Oriental, y por ésta u otra ausencia no pudiera oír el Oficio Divino, por los Maitines dirá trece Paternoster como oración dominical, y por cada una de las Horas menores siete. Y por las Vísperas nueve, siempre que éstos, ocupados en tan saludable trabajo no puedan acudir a una hora conveniente al Oficio Divino, pero si pudiesen, que lo hagan a las horas señaladas.

III. Que se ha de hacer con los Hermanos difuntos

Cuando alguno de los Hermanos muriere, que la muerte a nadie perdona ni se escapa de ella nadie, mandamos que con los clérigos y capellanes, que sirven a Dios sumo Sacerdote caritativamente en nuestra casa, que con ellos ofrezcáis con pureza de ánimo el oficio a Misa solemne a Jesucristo, por su alma; y los Hermanos que allí estuvieseis pernoctando en oración por el alma de dicho difunto, rezareis cien Paternoster hasta el día séptimo, que se han de contar desde el día de la muerte, o desde el día en que se supiese, con fraternal observancia, porque el número de siete es número de perfección. Y todavía os suplicamos con Divina caridad, y os mandamos con pastoral autoridad, que así como cada día se le daba a nuestro Hermano lo necesario para comer y sustentarse, que esto mismo se le dé en comida y bebida a un pobre, hasta los cuarenta días.

IV. Que los capellanes tengan solamente comida y vestido

Mandamos dar las demás oblaciones, de cualquier forma que se hagan, a los capellanes o a otros que están por tiempo en la unidad del común Cabildo, por su vigilancia y cuidado, y así, que los servidores de la Iglesia tan solamente tengan, según la autoridad comida y vestido, y nada más, sino lo que cristianamente les diere de su voluntad el Maestre.

V. De los soldados difuntos que asisten con ellos

Hay también soldados y sargentos en la Casa de Dios y Templo de Salomón viviendo con nosotros, por lo cual os suplicamos, y con confianza os mandamos con inefable conmiseración, que si alguno de estos muriere, se le dé a un pobre por siete días de comer, por su alma, con divino amor y fraternal piedad.

VI. Que ninguno de los Hermanos que quedan hagan oblación

Determinamos, como se dice arriba, que ninguno de los Hermanos que quedan, presuma de hacer otra oblación, si no que permanezca de día y de noche en su profesión con limpio corazón, para que en esto pueda igualarse con el más sabio de los profetas, que en el Salmo 115 se dice: «recibirá el Cáliz del Señor, e imitaré en mi muerte la muerte del Señor; porque así como Cristo puso su Alma, así yo estoy pronto a ponerla por mis Hermanos»: veis aquí una competente oblación y Hostia viva que place al Señor.

VII. De lo inmoderado de estar de pie

Habiéndonos dicho un verdadero testigo que oís el Oficio Divino en pie inmoderadamente, mandamos no lo hagáis, antes lo vituperamos. Concluido el Salmo «Venite Exultemus Domino», con el Invitatorio y el Himno, todos os sentaréis, tanto los débiles como los fuertes. Y os lo mandamos por evitar el escándalo; y estando sentados, sólo os levantaréis al decir Gloria Patri. Concluido el Salmo, suplicando, vueltos hacia el Altar, bajando la cabeza en señal de reverencia a la Santísima Trinidad nombrada. Los débiles baste que hagan la inclinación sin levantarse, y así, desde el Evangelio al Te Deum y a todas las laúdes hasta el Benedicamus Domino, estaréis de pie.

VIII. De la comida en el refectorio

En el refectorio, cuando alguna cosa os faltare o tengáis necesidad de ella, si no pudiereis pedirla por señas, pedidla silenciosamente; y así, siempre que se pida algo estando en la mesa, ha de ser con humildad, obediencia y silencio, tal como dice el apóstol: «Come tu pan con silencio», y el salmista os debe animar diciendo: Puse a mi boca custodia o silencio, que quiere decir: «deliberé al no hablar, y guardé mi boca por no hablar mal».

IX. De la lectura o lección cuando se come

Siempre que se coma y se cene, se lea la santa lección: Si amamos a Dios, debemos desear oír sus santos preceptos y palabras; y así, el lector estará indicando silencio.

X. Del comer carne en la semana

En la semana, si no es en el día de Pascua, o de Navidad, o Resurrección, o festividad de Nuestra Señora, o de Todos los Santos, que hayan, baste comer carne tres veces o días, porque la costumbre de comerla, se entiende como corrupción de los cuerpos. Si el martes fuere de ayuno, el miércoles se os dé con abundancia. En el domingo, así a los caballeros, como a los capellanes, se les dé sin duda dos manjares en honra de la santa Resurrección; los demás sirvientes y soldados se contenten con uno.

XI. Como deben comer los caballeros

Conviene generalmente coman de dos en dos, para que con cuidado se provean unos de otros, se provean para que la esperanza de vida y abstinencia se mezcle en todo; y así juzgamos justo que a cada uno de dichos caballeros se les den iguales porciones de vino separadamente.

XII. En los demás días baste dar dos o tres platos de legumbres

En los demás días, como son lunes, miércoles y sábados, baste dar dos o tres manjares de legumbres u otra cosa cocida para que el que no come de uno coma de otro.

XIII. Que conviene comer los viernes

El viernes baste comer comida de Cuaresma a toda la Congregación, por la reverencia debida a la Pasión, excepto los enfermos y flacos, y desde Todos los Santos hasta Pascua, si no es el día del Nacimiento del Señor, o viene la festividad de Nuestra Señora o apóstoles: alabamos al que no la comiere en el demás tiempo. Si no viniere día de ayuno, la coman dos veces.

XIV. Después de comer que den gracias a Dios

Después de comer y cenar, si la iglesia está cerca, y si no en el mismo lugar, den gracias a Dios, que es nuestro Procurador, con humilde corazón. Así lo mandamos, y a los pobres se les den los fragmentos y que se guarden los panes enteros [1].

XV. Que el décimo pan se le dé al limosnero

Aunque el premio de la pobreza es el Reino de los Cielos, y sin duda se le debe a los pobres, mandamos a vosotros dar cada día al limosnero la décima de todo pan.

XVI. Que la colación esté en arbitrio del Maestre

Habiéndose puesto el sol, oída la señal o campana, según la costumbre, conviene que todos vayan a Completas, habiendo hecho antes colación, la cual ponemos en arbitrio de Maestre. De forma que cuando quisiere se le dé agua, y cuando use de misericordia vino templado o aguado, y esto no para hartarse, sino con parsimonia, pues muchas veces vemos hasta los sabios faltar en esto.

XVII. Que concluidas Completas se guarde silencio

Concluidas las Completas conviene ir cada uno a su cuarto, y a dichos Hermanos no se les dé licencia de hablar en público, sino es en urgente necesidad, y lo que se hubiere de decir dígase en voz baja y secreta. Puede suceder, habiendo salido de Completas, que convenga hablar de algún negocio militar, o acerca del estado de la casa, al mismo Maestre, o a otro que haga sus veces con cierta parte los Hermanos, entonces se haga, fuera de esto no. Pues según consta en el decir de los proverbios: «el hablar mucho no huye del pecado», y en el doce dice: «que la muerte y la vida están en la lengua», y en lo que se hablare, del todo prohibimos palabras ociosas y chanceras que muevan a risa. Y yéndoos a acostar, mandamos decir la Oración Dominical o Paternostes. Y si alguna cosa se habló neciamente, sea confesada con humildad y devoción pura.

XVIII. Que los que estuviesen cansados no se levanten a Maitines

Alabamos que los Hermanos cansados y fatigados, que constasen estarlo, no se levanten a Maitines, sino que con licencia de Maestre, o del que estuviese en su lugar, descansen, y digan, y canten las trece Oraciones dominicales, o Paternoster, de forma que el pensamiento acompañe a la voz, según aquello del Profeta: «Cantad al Señor sabiamente», y de aquello: «Te cantaré en presencia de los ángeles». Esto siempre se ha de dejar al arbitrio del Maestre.

XIX. Que la comunidad de la comida se guarde entre los Hermanos

Se lee en las Divinas letras: «que se diera a cada uno según su necesidad»; y por tanto no decimos que haya excepciones de personas, pero debe de haber consideración de enfermos; y así, el que menos necesidad tiene dé a Dios las gracias, y no se entristezca, y el que tiene necesidad humíllese, y no clame por la misericordia, y así todos estarán en paz. Y esto prohibimos porque ninguno le sea lícito abrazar inmoderadamente abstinencia, sino tengan con firmeza la vida común.

XX. De la calidad del vestido y de su modo

Mandamos que el vestido sea de un solo color, y concedemos a los caballeros en todo tiempo vestimenta blanca, pues ya que llevan vida negra y tenebrosa, se reconcilien con su Creador por la blanca. ¿Qué es la blancura sino una entera castidad? La castidad es seguridad del pensamiento y santidad del cuerpo, y si un soldado no perseverase casto, no podría ver a Dios ni gozar de su descanso, afirmándolo así san Pablo: «Seguid la paz con todos, y la castidad, sin la cual no se verá a Dios». Y este vestido de superfluidad y arrogancia, debe carecer en vuestra estimación. Así lo mandamos a todos tener para que con suavidad puede vestirse y desnudarse, calarse y descalarse. El procurador de este ministerio, con vigilante cuidado procure que dichos vestidos no estén ni cortos ni largos, sino que guarden la mesura del que los viste y usa. Y cuando reciban uno nuevo, entreguen puntualmente el viejo para guardarlo en el cuarto, y que el Hermano a quien toca ese ministerio determine si han de ser para los novicios o para los pobres.

XXI. Que los fámulos no traigan vestimenta blanca ni capa

Contradecimos firmemente esto que sucedía en la casa del Señor y entre los soldados del Templo, y lo mandamos quitar del todo, como si hubiese sido un particular vicio. Tenían en otro tiempo los fámulos, sirvientes y armigueros vestidos blancos, de donde vinieron insoportables daños, porque de las partes ultramarinas se levantaron ciertos Hermanos casados, y otros diciendo que eran caballeros, no siendo cierto, de aquí resultaron tantos daños, tantas injurias a esta Orden Militar, que causaron mucho escándalo. Y así, hemos decidido, que los dichos fámulos del Templo lleven desde ahora vestidos negros.

XXII. Que los caballeros sean los únicos que traigan vestidos blancos

A ninguno es concedido traer vestidos blancos, o capas blancas, si no es a los dichos pobres caballeros de Cristo.

XXIII. Que se usen pieles de carnero o de borrego

Determinamos de común Consejo, que ningún Hermano tenga perpetuamente pieles, u otra cosa tal que pertenezca al uso de su cuerpo, aunque sea compartido, si no es de carnero o de borrego.

XXIV. Que las vestiduras viejas se dividan y repartan entre los armigueros y sirvientes

Que el procurador de los paños o vestimentas reparta igualmente los viejos entre los armigueros y sirvientes, y a veces entre los pobres con fidelidad.

XXV. Que el que desee el mejor vestido se le dé el peor

Si algún Hermano quisiera, fuese por mérito o por soberbia el mejor vestido, sin duda merece el peor.

XXVI. Que se guarde la cantidad y calidad de los vestidos

Que lo largo de los vestidos sea según los cuerpos de cada uno, y lo ancho también, y sea en esto curioso el Procurador.

XXVII. Que el procurador de los paños o vestidos observe igualdad

Que dicho procurador guarde igualdad en la longitud, y medidas porque ninguno de los criminosos y mal contentos lo vea o note. Y así mírelo todo con fraternal afecto, que de Dios tendrá la retribución.

XXVIII. De la superficialidad del pelo o cabellos

Todos los Hermanos conviene tengan cortado el pelo por delante y por detrás, con cuanto orden se pueda, observándose lo mismo en la barba, porque la superfluidad no denote vicio en el rostro.

XXIX. De los rostrillos y lazos

Como los rostrillos y lazos es cosa de galanes, y como sea abominable a todos, lo prohibimos y contradecimos para que ninguno tenga, antes carezca de ellos. A los otros sirvientes, que estuviesen por algún tiempo tampoco le permitimos lleven ni pelo superfluo ni inmoderada largueza en el vestido, antes bien lo contradecimos. Los que sirven a Dios, es necesario sean limpios en el interior y exterior, pues así lo afirma el Señor: «Sed limpios, porque yo lo soy».

XXX. Del número de caballos

A cualquiera de dichos caballeros le es lícito tener tres caballos porque la eximia pobreza de la Casa de Dios y del Templo de Salomón no permite al presente más, si no es con licencia del Maestre.

XXXI. Que ningún caballero castigue a su armiguero, ya que le sirve de balde

Sólo se concede a cada caballero un armiguero, y si éste sirviese de gracia o caridad, sepa que no le es lícito castigarlo, o por cualquier culpa herirle.

XXXII. Como se han de recibir a los caballeros

Mandamos a todos los caballeros que deseen servir a Dios con pureza de ánimo y en una misma casa por algún tiempo, que compren caballo y armas suficientes para el servicio cotidiano y para todo lo que fuere necesario. Y además de esto, juzgamos por bueno y útil el que se aprecien dichos caballos por ambas partes, y esta igualdad sea guardada, por ello habrá que tenerla por escrito para que no se olvide. Y todo lo que necesitare dicho caballero para sí, caballo, armiguero, se lo dé dicha casa con fraternal caridad. Y si el caballo, por algún accidente se le muriese en este servicio, el Maestre que tenga el mando y rentas de la casa, le dará otro, y llegada la fecha de finalizar su tiempo de estancia en la orden, dará la mitad del precio que costó el caballo que se le dio, y la otra mitad la pondrá al común de los Hermanos, si el caballero así lo desease.

XXXIII. Que ninguno ande según su propia voluntad

Conviene a dichos caballeros, así como por el servicio que profesaron, como por la gloria de la bienaventuranza o temor del infierno, que tengan obediencia perpetua al Maestre. Se ha de observar lo que fuere mandado por el Maestre o por quien haga sus veces, y se ha de cumplir sin tardanza, como si Dios lo mandara, no habiendo reniego ni excusas. De esto dice el Salmo XXVII: «Luego que lo viste, me obedeciste»

XXXIV. Si es lícito andar por el lugar o villa sin licencia del Maestre

Por este mismo capítulo mandamos y firmemente encargamos a los caballeros Conventuales que desean su propia voluntad, y a los demás que sirven por algún tiempo en este lugar, que sin licencia del Maestre o de otro que esté en su lugar, no decidan salir a la ciudad si no es de noche al Santo Sepulcro y Estación que están dentro de los muros de la Santa Ciudad.

XXXV. De si le es lícito andar solos

Si tuvieran que salir, no se atrevan a hacerlo sin compañero o sin caballo ni de día ni de noche. Y en otro convento, después de que fueran hospedados, ningún caballero o armiguero u otro ande por los patios de otros caballeros o sirvientes con el motivo de verlos y de hablarles sin licencia del Maestre. Y aconsejamos que en tal Casa, como ordenado por Dios, ninguno viva en ella, ni descanse, sino sea según el mandato del Maestre, a quien incumbe de tal forma este asunto que ha de tener siempre presente aquella sentencia del Señor: «No vine a hacer mi voluntad, sino la de quien me envió»

XXXVI. Que en su nombre nadie pida lo que necesita

Mandamos que sea escrita que esta costumbre no es buena, y lo mandamos con toda nuestra consideración, que nadie esté atado al vicio de pedir, pues ningún Hermano señaladamente y en su nombre debe buscar el caballo o las armas, aunque su caballo esté enfermo o débil o el peso de sus armas sea insoportable, que si hace esto estará dañando la convivencia común. Vaya al Maestre o a otro que haga su vez y demuéstrele la causa con verdadera y pura fe, y que el Maestre disponga y determine.

XXXVII. De los frenos y espuelas

De ninguna forma queremos que sea lícito a ningún Hermano comprar ni traer oro o plata en los frenos, pectorales, estribos y espuelas, por ser éstas divisas particulares, pero si estas cosas les fueran dadas de caridad, el tal oro o plata se les dé tal color que no parezca y reluzca tan espléndidamente que parezca arrogancia del que lo lleva. Si fueren nuevos los dichos instrumentos haga el Maestre de ellos lo que quisiere.

XXXVIII. No tengan cubiertas en las picas o en lanzas o en los escudos

No se tengan cubiertas las picas o las lanzas o los escudos, porque entendemos que esto no aprovecha sino que daña.

XXXIX. De la licencia del Maestre

Es lícito al Maestre dar caballos a cualquiera, o armas, u otra cualquier cosa.

XL. Del saco y de la maleta

Saco o maleta con llave no están permitidos. Y quienes se expongan a tal suerte lo harán sin licencia del Maestre o del que esté en su lugar. Este capítulo no incluye a procuradores, Maestres, ni los que habitan en otros lugares o provincias.

XLI. De las cartas o misivas

De ninguna manera sea lícito escribir cualquiera de los Hermanos a los padres, ni a otro cualquiera sin licencia del Maestre o procurador. Y aún después de que el Hermano tuviere licencia, en presencia del Maestre, se lean. Si los padres le dieran alguna cosa, no presuma recibirla, antes muéstresela al Maestre. En este capítulo no se incluyen al procurador ni al Maestre.

XLII. De la confabulación de las propias culpas

Como toda palabra ociosa sea pecado, de los que se jactan de ellas sin ser antes sus jueces, ciertamente dice el Profeta: «si de las buenas obras, por la virtud de la taciturnidad, debemos callar, cuanto más de las malas palabras por la pena del pecado», prohibimos y contradecimos que ningún Hermano diga las necedades que en su anterior vida hizo, en el militar servicio o las delectaciones que con las mujeres tuvo, se atreva a contarlas a su Hermano o a otro alguno. Y si las oyere referir a otros, enmudezca, y cuanto antes pueda, con el motivo de obediencia, se aparte de él, y no muestre buen corazón o complacencia o gusto al que las dijera.

XLIII. Del logro, admisión o aceptación

Si alguna cosa, sin logro, fuere por gracia dada a algún Hermano, llévela al Maestre. Si al contrario, su amigo, o padre no quisiera darla si no a él, no la reciba hasta tener licencia del Maestre, y si le fuere dado a otro no le pese, y tenga por cierto que si le pesa ofende a Dios. En este capítulo no se incluyen al procurador ni al Maestre.

XLIV. De las cebaderas o talegos para comer los caballos

Útil es a todos que estén obligados a este mandato: ningún Hermano presuma hacer talegos de lino o de lana.

XLV. Que ninguno se atreva a cambiar y buscar otra cosa

No queda otra cosa sino es que ninguno presuma cambiar sus cosas Hermano con Hermano, sin licencia del Maestre, ni buscar cosa alguna, si no es Hermano para Hermano, y siendo la cosa pequeña y sin importancia.

XLVI. Que ninguno cace ave con ave

Nosotros determinamos generalmente que ninguno se atreva a cazar ave con ave. No conviene a la religión llegarse de tal suerte a los mundanos deleites, sino oír de buena gana los preceptos del Señor, y orar frecuentemente, y confesar a Dios sus culpas en la oración con lágrimas y gemidos. Ningún Hermano presuma ir por esta causa con hombre que cace con Gavilán u otra ave.

XLVII. Que ninguno hiera a fiera con arco o ballesta

Conviene hacer lo que hacen otras religiones semejantes a las nuestras, por ello los Hermanos profesos no se atrevan a herir con arco o ballesta en el bosque, ni que acompañe al que esto hiciera, si no es por guardarlo de algún pérfido infiel. Ni lo haga con perros y dando voces o exclamaciones, ni pique a su caballo con ánimo de coger fiera.

XLVIII. Que el león siempre se hiera

Porque es cierto lo que especialmente sabéis y se os tiene encargado, que es el juntar vuestras armas con las de vuestros Hermanos, y extirpar de la tierra a los sacrílegos que siempre amenazan al Hijo de la Virgen. Porque del León leemos lo siguiente: «Porque el león rugiente anda rondando y buscando a quien devorar...»

XLIX. Que toda cosa que acerca de vosotros se demande se oiga en juicio

Sabemos que los perseguidores de la Santa Iglesia son innumerables y no cesan de inquietar incluso a aquellos que no desean contiendas con ellos. Y así, si algunos de éstos en regiones orientales, o en otra parte, os preguntase alguna cosa acerca de vosotros, os mandamos oírlos en juicio por fieles jueces, y lo que fuese justo os mandamos que ejecutéis sin falta.

L. Que esta Regla se tenga en todas las cosas

Esta misma Regla mandamos se tenga en todas las cosas que injustamente se os hayan practicado.

LI. Que sea lícito a la Orden tener tierras y hombres

Creemos, por la divina Providencia, que este nuevo género de Religión tuvo principio en estos santos Lugares para que se mezclara la Religión con la Milicia, y así la Religión proceda armada con la Milicia, y hiera al enemigo sin culpa. Juzgamos, según derecho, que como os llamáis caballeros del Templo, podáis tener por este insigne mérito y bondad tierras, casas, hombres y labradores, y que justamente sean gobernados por vosotros, pagándoles un justo salario[2].

LII. Que se tenga gran cuidado con los que estuviesen enfermos

Estando enfermos los Hermanos se ha de tener sumo cuidado, y servirlos como a Cristo, según dice el Evangelio: «Estuve enfermo y me visitaron», esto se ha de llevar con paciencia porque de esto se nos dará celestial retribución.

LIII. Que a los enfermos se les dé todo lo necesario

Mandamos a los procuradores de los enfermos que a éstos se les dé todo lo necesario para la sustentación de los enfermos, según las facultades de la casa, como puede ser carne de ave, y esto sea así hasta que estén sanos.

LIV. Que unos a otros no se provoquen a ira

Conviene huir como del diablo de las provocaciones a ira que unos suscitan sobre los otros, porque en la comunidad y en la divina Hermandad, tanto a los pobres como a los ricos con suma clemencia nos ligó Dios.

LV. De qué modo se reciban a los Hermanos casados

Os permitimos tener Hermanos casados de este modo: que si piden el beneficio y participación de vuestra Hermandad, la parte de su hacienda y la que adquirieran posteriormente, la concedan a la unidad del capítulo después de la muerte, y que entretanto hagan honesta vida y procuren hacer bien a los Hermanos, pero no traigan vestidura blanca. Si el marido muriere antes, deje a los Hermanos su parte, y la otra quede para la sustentación de la mujer, esto consideramos injusto: que habiendo los Hermanos prometido castidad a Dios, que semejantes Hermanos permanezcan en una misma casa.

LVI. Que no se admitan Hermanas

La compañía de las mujeres es asunto peligroso, porque por su culpa el maligno diablo ha desencaminado a muchos del recto camino hacia el Paraíso. Por tanto, que las mujeres no sean admitidas como Hermanas en la casa del Templo. Es por eso, queridos Hermanos, que no consideramos apropiado seguir esta costumbre, para que la flor de la castidad permanezca siempre impoluta entre vosotros.

LVII. Que los Hermanos del Templo no participen con excomulgados

Hermanos, en gran manera se ha de temer que ninguno de los pobres caballeros de Cristo presuman de juntarse con excomulgados en su nombre o públicamente, o recibir sus haciendas si ha sido excomulgado, si sólo fuese entredicho, sea lícito, no sin razón, participar con él y recibir caritativamente su hacienda.

LVIII. Por qué se reciben caballeros seglares

Si algún caballero u otro secular, queriendo huir y renunciar del mundo, quisiera elegir vuestra compañía, no se reciba al punto, sino según dice san Pablo: «Probad el espíritu si es de Dios, y así probados se les conceda y se les lea en su presencia la Regla. Entonces si el Maestre y Hermanos tuvieren a bien recibirlo, llamados los Hermanos, haga presente su deseo y petición y, además de esto, el termino de sus pruebas esté en la consideración y providencia del Maestre, según la honestidad de su vida.

LIX. Que a los consejos secretos no se llame a todos los Hermanos

No siempre mandaremos llamar a todos los Hermanos a Consejo sino sólo a aquellos que se conocieren prudentes e idóneos, cuando se tratare de cosas mayores, como es de dar tierras o conceder las de la Orden, o de recibir a alguno. Entonces es competente llamarlos a todos, si al Maestre le pareciese bien, y oídos los votos del común Cabildo, se haga por el Maestre lo que más convenga.

LX. Con qué silencio deben orar

Hermanos, conviene orar con el afecto que el alma y cuerpo pidieren, o sentado, o en pie, pero con suma reverencia y no con clamores, porque unos no turben a otros. Así lo mandamos de común consejo.

LXI. Que crean a los sirvientes

Hemos conocido que muchos de vosotros que viven en provincias, ya sean sirvientes como armigueros, desean por la salud de sus almas recogerse en nuestra casa, es útil que se refugien aquí, para que si el antiguo enemigo les estima indecente alguna cosa que hicieron en el servicio de Dios, no pueda apartarlos de repente y desarraigue sus buenos propósitos.

LXII. Que no se reciban muchachos mientras son pequeños entre los Hermanos del Templo

Aunque la Regla de nuestro santo Padre permite tener muchachos en Congregación, nosotros no lo alabamos, y así de los tales no os encarguéis. El que quisiere perpetuamente dar a su hijo o pariente a la Milicia del Templo, críelo primero hasta los años en que puedan varonilmente echar a los enemigos de Cristo de la Tierra Santa, después, según la Regla, el padre o los padres, lo traigan y pongan en medio de los Hermanos y hagan patente a todos su petición: «no lo ofrezcamos en la infancia, sino después de hecho hombre».

LXIII. Que siempre se venere a los ancianos

Conviene honrar con todo cuidado a los ancianos con piadosa consideración, sobrellevándolos según sus flaquezas, y de ninguna forma estén obligados en estas cosas, que son necesarias para el cuerpo con rigor, salvo la autoridad de la Regla.

LXIV. De los Hermanos que están repartidos por todas las provincias

Los Hermanos que están repartidos por diversas provincias, procuren guardar la Regla, en cuanto sus fuerzas alcancen, en la comida, en la bebida y en las demás cosas, y vivan sin que tengan que ser corregidos para que todos los que de afuera los vieren les den buenos testimonios de su vida y no manchen el propósito de la religión, ni con hecho, ni con palabra, sino que a todos aquellos con quienes se juntasen, sirvan de ejemplo, de sabiduría, y de buenas obras, y de buen conocimiento de todo, y adonde quiera que se hospedaren sean decorosos y con buena fama. Y si puede hacerse que la casa del huésped no falte por la noche luz, porque el tenebroso enemigo motive pecado, lo que Dios no permita. Y donde dichos caballeros oyeren que se carece de excomulgados, allí vayan. No considerando tanto la temporal utilidad como la salud de las almas, alabamos se reciban Hermanos en las partes ultramarinas dirigidos con la esperanza de subvención, que quisieren perpetuamente juntarse a dicha milicia del Templo, y así, uno u otro aparezca ante el obispo de aquella provincia, y el prelado oiga la voluntad del que pide, y así, oída la petición, el Hermano lo envíe al Maestre y a los Hermanos que asisten en el Templo que está en Jerusalén. Y si su vida fuere honesta y digna de tal compañía, misteriosamente se reciba si al Maestre o a los Hermanos les parece bien. Si entre tanto muriese por el trabajo o fatiga, como a cualquier otro Hermano se le aplique todo el beneficio y fraternidad de los pobres caballeros de Cristo.

LXV. Que el sustento se dé a todos por igual

Juzgamos que se ha de observar esto con guía y racionalidad para que a todos los Hermanos se les dé igualmente el sustento según la cualidad del lugar. No es útil la acepción de personas, pero es necesaria la consideración de las enfermedades.

LXVI. Que la Orden pueda tener diezmos

Porque creemos que deseando las abundantes riquezas os sujetáis a la voluntaria pobreza, por esto permitimos sólo conjuntamente a vosotros tener diezmos, pues vivís en la vida común de esta manera: Si el obispo de la iglesia, a quien justamente se le deben las décimas, os las quiere dar caritativamente, se os deben dar con consentimiento del Cabildo de aquellas décimas o diezmos que posee dicha iglesia. Si cualquier seglar las retiene culpablemente en su patrimonio, y pesándole en su conciencia os las diese siguiendo la voluntad de Dios, puede ejecutar y hacer esto sin consentimiento del Cabildo [3].

LXVII. De las leves y graves culpas

Si algún Hermano hablando o militando u de otra forma delinquiere en alguna cosa leve, él mismo a su voluntad muestre su delito satisfaciendo al Maestre de las leves, y si no son de costumbre, se le imponga penitencia leve, pero si él la callare, y por otra fuera conocida, se sujete a mayor corrección y castigo. Si el delito fuere grave, sea apartado de la familiaridad de los Hermanos. No coma con ellos a la mesa, sino solo. Esté a la disposición o juicio del Maestre en todo momento para que permanezca salvo en el día del juicio.

LXVIII. Por qué culpa no se reciba más al Hermano

Ante todas las cosas se ha de mirar que ningún Hermano rico o pobre, fuerte o débil, queriendo presumir y poco a poco ensoberbecerse y defender su culpa, quede sin castigo. Y si no quiere enmendarse, se le dé más grave corrección, y si con las piadosas admoniciones y oraciones hechas por él no se corrige todavía sino que va a más, y más se ensoberbeciese, entonces sea apartado del piadoso Congreso, como dice el apóstol: «Apartad todo lo malo de vosotros. Es necesario que toda oveja enferma se arroje de la compañía de los Hermanos fieles». Pero el Maestre que ha de tener el báculo y la vara en la mano, el báculo para mantener y sustentar las flaquezas de los demás, y la vara para que castiguen los vicios de los delincuentes con el celo de la rectitud, procure hacer esto con el consejo del Patriarca y con espiritual consideración, porque como dice san Máximo, «la suavidad no da mayor soltura al pecado, y la inmoderada severidad no aparta al delincuente de la caída».

LXIX. Que desde la solemnidad de Pascua hasta Todos los Santos se han de poner una sola camisa de lienzo

Consideramos con misericordia por el demasiado ardor de la región Oriental, que desde la solemnidad de la Pascua hasta las fiestas de Todos Los Santos, a cualquiera se le dé una camisa tan sólo de lienzo, no por obligación, sino por gracia. Pero fuera de este tiempo, generalmente tengan todos camisas de lana.

LXX. Que ropa sea necesaria para la cama

Con común consejo aprobamos que cada uno duerma en su cama solo y no de otra suerte. La ropa de la cama la tenga cada uno con moderada dispensación del Maestre, por lo que creemos basta para cada uno un jergón, una sábana y un cobertor, pero el que careciese de alguna de estas cosas tenga un cobertor y en todo tiempo le será lícito usar de una colcha de lienzo. Duerman siempre con camisa y calzoncillos, y estando durmiendo los Hermanos que nunca falte la luz, que alumbre continuamente hasta el amanecer.

LXXI. Que se evite la murmuración

También os mandamos que evitéis y huyáis como de la peste por precepto Divino de las rivalidades, envidias, rencores, murmuraciones, detracciones y otras cualesquiera cosas de estas. Procure, pues, cada uno con ánimo vigilante no culpar ni reprender a su Hermano, antes bien con especial afecto adviértale lo que decía el apóstol: «No seas criminoso, ni murmurador en el Pueblo», pero si conocieres claramente que tu Hermano pecó en algo, pacíficamente y con piedad fraternal, según el precepto del Señor, repréndale privadamente. Y si no hiciese caso, llame a otro Hermano para el mismo efecto, y si ambos fuesen despreciados por él, sea reprendido delante de todos públicamente en el Convento, porque a la verdad están en grande pecado los que murmuran de otros, y son muy infieles los que no se guardan de la soberbia, y por ello caen con mucha frecuencia en el antiguo pecado del enemigo común.

LXXII. Que se eviten los ósculos de las mujeres

Creemos que es peligroso a todo religioso reparar con nimiedad en los semblantes de las mujeres y por lo mismo no sea el Hermano aficionado a besar ni a viuda, ni doncella, ni a su madre, ni a su hermana, ni a su tía, ni a otra mujer alguna. Huya de los ósculos femeninos la Milicia de los pobres caballeros de Cristo, porque por esto suelen frecuentemente peligrar los hombres. De esta forma, con conciencia pura y perfecta vida, se logre gozar perpetuamente de la vida del Señor.


[1] Este capítulo es, con toda seguridad, uno de los primeros que debió de anotar en el libro de la Regla el santo Bernardo, ya que como vemos, todavía tenían que ir los del Templo a rezar a la iglesia más cercana de su convento o encomienda. Este problema fue solucionado con la difusión de la bula «Omne datum optimum», publicada por el papa Inocencio II. En ella, entre otras muchas cosas, se les permitía a los templarios poder convertir en capillas algunas de las habitaciones, aposentos o salas de la casa que administraban con el fin de orar en ellas y no tener que salir de la encomienda.

[2] Este artículo es otro de los que tuvo que ser incorporado por los mismos caballeros después de haberle sido dada la Regla. Fue necesario incorporarlo a raíz de haber sido publicada la bula «Omne Datum Optimum», concedido en 1139 por el papa Inocencio II. En ella, el Papa daba permiso a los del Templo de Jerusalén para poseer tierras, casas, hombres y labradores...

[3] Este artículo sería añadido por los caballeros templarios a raíz de haberles sido concedido el privilegio de recibir diezmos. El mencionado privilegio les fue otorgado mediante bula de fecha 29 de marzo de 1139, publicada por el papa Inocencio II con el título de «Omne Datum Optimun». En ella el Papa les permitía lo siguiente: «También le permitimos, asimismo, cobrar diezmos, recoger limosnas y heredades que los fieles ofrenden a sus casas o conventos».