LA SENCILLEZ DE UN MURCIANO

Solemos decir que la Semana Santa de Murcia es famosa por las imágenes del célebre escultor murciano Francisco Salzillo. Y así es, no cabe duda; gracias a las figuras que fueron talladas en el taller de Francisco Salzillo, los días de la Pasión en Murcia se convierten en días de contemplación para millares de personas que vienen de toda España y de todo el mundo.

Pero veamos, después de una breve reseña histórica, qué es lo que decía al respecto el célebre escultor murciano Francisco Salzillo:

Francisco Salzillo Alcaraz era el mayor de una familia de siete hermanos, tres hijos y cuatro hijas. Al morir don Nicolás Salzillo y Gallo, que era escultor y había enseñado a todos sus hijos el arte de la imaginería, Francisco tuvo que hacerse cargo del taller de su padre y del sustento de la familia. El primer trabajo que hicieron los hermanos Salzillo, aunque ya el joven Francisco había tallado en vida de su padre algunos relieves y modelado varios bocetos, fue terminar la imagen de Santa Inés de Monte Pulciano que el padre dejó sin concluir. Esta imagen está hoy incomprensiblemente en paradero desconocido sin que nadie se preocupe por averiguar dónde está, pues si no fue destruida en la guerra civil española, ni como se afirma sacada de la iglesia de Santo Domingo, tiene que encontrarse en algún lugar.

Al principio, todos los hermanos colaboraron con el maestro. Pero al ir pasando el tiempo, fueron abandonando el hogar o abandonando la vida. Los avatares del destino fueron poco a poco mermando el taller familiar de Francisco Salzillo, que vio como su hermana Teresa fallecía en plena juventud; como su hermana Francisca de Paula ingresaba en el Convento de las monjas Capuchinas; como su hermana Magdalena abandonaba el hogar y se iba a vivir sola, motivada por una pequeña discusión familiar... Y, así, de ser seis los hermanos que le ayudaron al principio, sólo quedaron tres, que fueron los que más tiempo nos dice la historia que trabajaron con él; estos fueron José Antonio, que falleció de una extraña dolencia en el pecho; Patricio, que se ordenó sacerdote; e Inés, que se casó con el procurador don Francisco García Comendador.

Todos los hermanos tuvieron su función o especialidad dentro del taller; así, José Antonio, por citar a los que se quedaron después, se dedicaba a desbastar los troncos de madera hasta que los dejaba en disposición de ser tallados con mayores detalles, cosa que hacía Francisco. Patricio fabricaba con sus manos ojos de cristal (a veces los hacía con cáscaras de huevo), pintaba sobre ellos la esclerótica, la pupila y el iris, hacía después sendos huecos en los globos oculares de las figuras, metía dentro de ellos los ojos, los sujetaba con cera y, seguidamente, punzaba a lo largo de los párpados, uno a uno, los pelos que formaban las pestañas; y, según podemos contemplar hoy, lograba unos ojos tan perfectos que iluminaban los rostros de las imágenes y les daban esencia espiritual. E Inés cosía, bordaba, lijaba, encolaba, doraba y estofaba (estofar es rayar con un objeto puntiagudo, que en aquellos tiempos siempre era la astilla de una caña, sobre el dorado de la madera para formar dibujos que imitaban los estampados de las prendas que las figuras vestían).

Francisco Salzillo jamás se atribuyó el mérito de la belleza y del esplendor de sus obras. Un día le preguntaron que cuál era el secreto de la naturalidad, la vida y la espiritualidad que sus obras emitían, y el maestro contestó: «No hay ningún secreto; mi hermano José Antonio les da la vida, mi hermana Inés les da la naturalidad, mi hermano Patricio les da el alma, y yo hago el resto...»  

 

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