LOS SERENOS

El día 28 de noviembre del año 1844 se creó oficialmente en toda España el Cuerpo de Vigilantes Nocturnos. Los miembros que lo integraban pasaron enseguida a ser conocidos popularmente como «serenos» porque durante la noche gritaban desde la calle, para informar al ciudadano que estaba descansando en casa, de la hora que era y del estado meteorológico y, como es natural, en la mayor parte del territorio español casi siempre estaba el tiempo sereno. Lo que empujaba a estos vigilantes nocturnos a anunciar, en casi todas sus notificaciones, que era tal hora y que el tiempo estaba sereno. Con el tiempo y con la aparición de los despertadores, la norma de anunciar las horas acompañadas del parte meteorológico, se fue extinguiendo. Al principio tenían orden de vocear todas las horas, pero como los ciudadanos se quejaron, terminaron cantando las horas más necesarias, o sea: las cinco, las seis y las siete de la mañana. Así, si el que se tenía que levantarse era un labrador o un huertano, si anunciaban la hora diciendo: «...y chispeando, granizando, nevando o lloviendo a mares», como no podía trabajar la tierra, no se levantaba y seguía acostado; pero si por el contrario era alguien que trabajaba bajo techado, estaba prevenido para salir equipado.

El Cuerpo de Vigilantes Nocturnos fue creado en España por don Joaquín Manuel Fos, y lo fundó siguiendo el ejemplo de la ciudad de Valencia que diez años antes, en el año 1834, había creado un organismo de idénticas características policiales que había sido copiado íntegramente de la ciudad de Murcia, que venía desarrollando este servicio con mucha eficacia desde el día 1 de octubre de 1785. Se sabe que en Murcia, y en esta fecha, se contrataron cuatro hombres para que comenzaran a prestar este servicio, y se sabe también, que los cuatro fueron destinados al barrio de San Bartolomé. Ocho días después, habiéndose dado cuenta las autoridades murcianas que la delincuencia nocturna había mermado considerablemente gracias a estos vigilantes,  se mandaron dos al barrio de San Nicolás. El día 15 dos más al barrio de San Juan. Y ya, por último, el día 1 de noviembre del mismo año, son mandados tres al barrio de San Benito. Siendo un total de once serenos los que llegaron a prestar servicio de vigilancia en la ciudad de Murcia durante el año 1785.

En Valencia deciden crear este Cuerpo, como se ha dicho antes copiado íntegramente de la ciudad Murcia, porque en el año1834 hubo un decreto real que expresamente prohibía en toda España el uso de fuegos artificiales, ya fuesen éstos para uso privado o para engalanar las fiestas. Este mandato perjudicó considerablemente al gremio de polvoristas de toda España, pero en mayor medida a los polvoristas valencianos que, por esta anulación, se quedaron más del setenta por ciento de ellos sin trabajo. Y las autoridades valencianas, con muy buen criterio, solicitando el permiso de la joven reina, fundaron este cuerpo de vigilancia nocturna con objeto de colocar en él a todos los polvoristas que se habían quedado sin trabajo.

Este singular cuerpo estaba dotado de cuadrillas. Y según fuesen de grandes los barrios de la ciudad, eran vigilados por dos, tres o las cuadrillas que hicieran falta para tener el barrio bien atendido. Cada barrio estaba bajo el mando de un cabo que era el responsable del buen funcionamiento de las cuadrillas que lo vigilaban y de la seguridad del mismo, y todos ellos dependían del Ayuntamiento de su ciudad. Al principio, cada sereno fue dotado para su defensa personal de un chuzo, y para alumbrarse a sí mismo y alumbrar a los vecinos, de una lámpara que llevaban en la mano. Años más tarde, el chuzo fue sustituido por una porra de goma que llevaban enganchada al cinto, y el farol, al ser instalada la luz eléctrica en las calles de la ciudad, fue cancelado para que tuvieran las manos libres.

Los serenos murcianos, que al fin al cabo son los que nos interesan, fueron, mientras duraron, apreciados, diligentes, serviciales y valientes. El que este artículo escribe puede dar fe de ello, sobre todo de su valor y coraje porque en un tiempo leyó numerosas diligencias policiales que fueron protagonizadas por alguno de estos auxiliares de la Autoridad. Quedaba uno perplejo cuando averiguaba que muchos de ellos, solos y sin ayuda de nadie, sin más armas que una porra y un silbato, habían detenido a uno, dos y hasta tres ladrones juntos que habían sido sorprendidos por ellos con las manos en la masa.

Nuestros serenos estaban distribuidos por distritos, y su misión principal era vigilar y patrullar con desvelo todos y cada uno de los rincones de la zona que tenían asignada evitando que nadie gritara, armara escándalo, hablara alto o mearan nuestras calles, esquinas o puertas; previniendo, con su presencia, robos y otros muchos delitos; ayudando a los vecinos que caían enfermos o en cualquier otra desgracia llamando al médico o yendo a la farmacia de guardia... En una palabra, eran los ángeles que velaban nuestro descanso evitando que nadie lo turbara, los amigos que nos despertaban a la hora convenida, los protectores de nuestra hacienda, los servidores que nos abrían las puertas si nos habíamos olvidado las llaves y acudían presurosos cuando hacíamos sonar las palmas, que era la forma más común de llamarlos...

Recién fundado el cuerpo de serenos, sus miembros no tuvieron instrumentos que sirvieran para comunicarse entre sí en caso de peligro, y para ello tuvieron que ingeniar en cada región un modo distinto de hacerlo. Los serenos murcianos tenían, para protegerse los unos a los otros y avisarse en caso de dificultades, un código de señales orales que ellos mismos idearon. En caso de encontrarse ante una emergencia que ellos solos no podían resolver, cantaban una hora que no estaba establecida en las ordenanzas y en vez de decir «...y sereno», si el tiempo estaba despejado, decían «...y pronto estará sereno», frase que no estaba recogida en sus ordenanzas y que quería decir: «...y necesito prontamente ayuda». Años después, todos los serenos de España fueron dotados de unos silbatos que sólo hacían sonar en caso de peligro inminente, de accidente o de emergencia.

No podríamos terminar este artículo sin decir que los sueldos que cobraban estos auxiliares de la Ley eran tan reducidos que si no hubiera sido por las propinas que los vecinos les daban cuando se les abría la puerta o recibían algún otro servicio de ellos, hubieran muerto de hambre. Pero también hemos de decir que esta mengua de sueldo dio lugar a uno de los eventos más gratos que ha llegado a contemplar la historia  de este distinguido cuerpo. Me refiero a unas artísticas felicitaciones de Navidad que, ante la precariedad de su sueldo, comenzaron a repartir por el vecindario a cambio de un aguinaldo. Esta cartulina llevaba impresos primorosos dibujos en cuyo fondo unas veces se podía distinguir la catedral, o la puerta del Huerto de las Bombas, o cualquier otro monumento murciano, y siempre, en primer plano, la figura del sereno abrigado con un largo tabardo, con un manojo de llaves colgando de su cinturón, y armado con un chuzo que eternamente llevaba en sus manos. Más abajo un gracioso verso que en tono alegre mencionaba la amabilidad del vecino y el servicio del sereno. Hoy, estas artísticas cartulinas son buscadas como tesoros por los coleccionistas murcianos.

Al que este artículo escribe no le extraña que las mencionadas cartulinas sean hoy buscadas con perseverancia por coleccionistas amantes de la belleza. Los serenos murcianos, debido quizás a su aislamiento nocturno, eran auténticos poetas. Yo, aunque era un crío por entonces, recuerdo uno que cada vez que nos abría la puerta nos recitaba versos, nos cantaba cancioncillas o nos exponía alguna que otra adivinanza, todas creadas por él... Una de estas adivinanzas, que todavía recuerdo entera, decía: «Surjo de la oscuridad. Ayudo a todos. Abro puertas y persianas. Soy amistoso y de buena voluntad. Protejo tu casa. Todos me quieren. A nadie dejo de servir. No violo la ley y procuro que se cumpla. Si no me dan propina nada cuesto. Soy servicial con ricos y pobres. Por la noche soy muy útil... ¿Quién soy?» A lo que nosotros teníamos que contestar: «el sereno». Quiero despedirme con una poesía de una poetisas que yo aprecio mucho. Su nombre es: Trini Cano Diaz; y el título de la poesía: «El sereno». Dice así:

Por la silenciosa calle
se oye la voz del sereno.
¡Sereno!, dame las llaves;
sereno que siento miedo.
Todos con el mismo son
llaman y llaman: ¡Sereno!
¡Ay!, que la niña lo amó,
amó la voz del sereno.
Amaba sólo su voz,
porque calmaba sus miedos.

Ya no está sola la niña,
ya no siente tanto miedo,
ya se refugia en su almohada,
ya se cobija en su lecho.
Él recorre calle a calle,
él recorre todo el pueblo.
Su voz viril y suave
tan sólo dice: ¡Sereno!
Pero a la niña le basta
para mitigar su miedo,
escuchar unas palabras;
las que pronuncia el sereno.

Cierta noche que pasó
como mágico misterio
en su puerta musito:
Las doce en punto..., y sereno...
Y la niña susurró:
Sereno, dulce sereno,
¡trae las llaves, por favor!,
para encerrar mi desvelo.
¡Ay...!, que la niña lo amó,
no porque sintiera miedo.
Amó, no sólo su voz,
amó su alma y su cuerpo.