LA VIRGEN DE SOPETRAN

En mi anterior artículo, titulado: «El Puente Viejo» y publicado en esta misma sección, mencionaba muy de pasada a la Virgen de Sopetrán. Algunas personas me han llamado o me han parado por la calle para decirme que no explico con suficiencia los antecedentes históricos de esta Virgen. Los más jóvenes comentaron que ignoraban totalmente su existencia o que conocían muy poco de ella; los mayores que, aunque en ocasiones habían oído hablar a sus padres o a sus abuelos de esta milagrosa Señora, tampoco sabían mucho acerca de esta figura.

Jóvenes y mayores han coincidido en que se debía de publicar un artículo monográfico sobre ella, así que, atendiendo complacido a sus voluntades, ahí va la pequeña y modesta crónica que trata de la Virgen de Sopetrán.

A mediados del siglo XII, un grupo de monjes benedictinos llega al término municipal de Torre del Burgo (Guadalajara) con el ferviente deseo de hacerse cargo de una iglesia que había sido levantada por el rey Alfonso VI de Castilla dedicada a la Virgen, en agradecimiento a haberle salvado la vida cuando un oso le atacó estando en aquellos bosques.

En el año 1372 queda fundado el convento con el nombre de: Monasterio de Nuestra Señora de Sopetrán, que toma el nombre con el que era denominado el pueblo en aquellos tiempos: Torre de Sopetrán (hoy Torre del Burgo).

Aquel monasterio no tardó en hacerse famoso por los grandes prodigios que allí se fueron sucediendo. La Virgen de Sopetrán obró tantos milagros entre los vecinos de aquel término municipal y entre los peregrinos que de todas partes de España venían a honrarla que hubo muchas personas importantes que viajaron de sitios muy lejanos para poder contemplarla. Una de ellas fue don Rodrigo de Bastida, descubridor de una buena parte del territorio de Colombia. Un hombre sumamente religioso que educó a sus hijos a la luz del Evangelio y que trató a los indígenas colombianos con extremada bondad. Quizás por ello, su hijo, llamado también Rodrigo de Bastida, llegase a ser el primer obispo de Venezuela. Y, quizás por ello también, todas las ciudades que fue fundando por el vasto territorio colombiano llevasen el nombre de alguna virgen: Santa Marta, Santa Rosa, Santa Bárbara..., y Sopetrán, en memoria de aquella virgen que tan grabada había quedado en su memoria.

Otra de estas personas fue un acaudalado barbero muy religioso, natural de Murcia y residente en Madrid, que quedó tan seducido por aquella encantadora figura que su recuerdo permaneció desde entonces estancado en su corazón. Un día, don Alonso Sánchez de Jesús, que este era el nombre de aquel barbero, tuvo noticias de que un labriego que estaba arando sus tierras había desenterrado con su arado una imagen que era idéntica a la Virgen de Sopetrán. Don Alonso viajó hacia aquel lugar para contemplarla. Pero cuál no sería su sorpresa cuando vio que la imagen que el campesino sostenía en sus brazos, a pesar de tener una pequeña herida en la frente, que había sido producida por el arado al tropezar con ella, era mucho más bella que la que se veneraba en el monasterio de Sopetrán. Don Alonso le compró al labriego aquella maravilloso imagen y se la llevó a su casa.

La escultura, que era de madera, al haber estado tanto tiempo enterrada bajo tierra, estaba bastante estropeada. Don Alonso mandó restaurarla y, como consecuencia de ello, la herida que presentaba en la frente quedó disimulada; su cuerpo y el del niño que sostiene en sus brazos, pintados con mucha sencillez; y su manto, matizado de múltiples temas eucarísticos que difundían, a los cuatro vientos, la religiosidad de su dueño.

La imagen estuvo en casa de don Alonso varios años. Pero advirtiendo un día que en su hogar la Virgen no recibía el tratamiento adecuado ni la dignidad que la Madre de Dios merecía, habló con una prima suya, llamada Bernarda Sánchez, que en aquellos tiempos estaba profesando en el Convento de Verónicas, para que ellas, acostumbradas como estaban a halagar a Dios y a rezar continuamente a la Virgen y a los santos, se la llevaran a su convento para darle el trato que tan grande Señora merecía. La hermana Bernarda habló con la madre abadesa Inés Jiménez, y está recibió la noticia con mucha alegría. El día 26 de julio de 1626, día en que se glorifica la celebración de San Joaquín y Santa Ana, padres de la madre de Nuestro Señor Jesuscristo, la Virgen de Sopetrán llegó a Murcia. Y mientras que en el convento de Verónicas se le habilitaba un lugar que estuviese en consonancia con una talla tan divina, la Virgen estuvo expuesta en el convento de San Francisco.

La Virgen de Sopetrán se sintió tan a gusto en estas tierras murcianas que pronto comenzó a ser conocida dentro y fuera de nuestras fronteras. Nuestra Virgen obró tantos milagros que necesitaríamos muchos folios para enumerarlos. Gentes de todas clases sociales: pobres, ricos, mujeres, hombres, niños, moros, cristianos..., todos se ven por igual beneficiados por ella. Cuenta don José Villalba y Córcoles, presbítero Prebendado de la Catedral de Murcia, que unas religiosas se libraron de morir aplastadas por el desprendimiento de un muro; que una esclava mora infestada por la peste quedó sana; que los pechos de una mujer que no daban leche comenzaron a chorrear y pudo salvar de morir a su bebé de pocos días; que el caballero don Alonso Lisón, impedido de ambas piernas, comenzó a andar el mismo día que lo llevaron ante ella...

El convento de Verónicas se convirtió muy pronto en centro de peregrinación y en la Iglesia preferida de todos los vecinos de Murcia.

Y aquí es donde la historia de este artículo enlaza con mi anterior artículo titulado: «El Puente Viejo». Porque allí decíamos que cuando fue construido el puente de madera, para que la gente se atreviera a cruzarlo con garantías divinas, se colocó, en el mismo sitio donde hoy está la hornacina que es el hogar de nuestra Virgen de los Peligros, un cuadro pintado de la Virgen de Sopetrán que estuvo allí 42 años, justo el tiempo que tardaron en sustituir el puente de madera por el de piedra. Y decíamos también que era tanto el miedo de las gentes cuando cruzaban el puente de madera con el río crecido que,  ante el peligro a que se exponían, comenzaron a invocar a la Virgen de Sopetrán como la Virgen de los Peligros. Y que fue entonces cuando se comenzó a conocer como la Virgen de los Peligros de Sopetrán; y que de esta devoción brotó la idea de colocar una copia de la misma cuando se acabase de construir el puente de piedra.

La Virgen de Sopetrán se encuentra actualmente en el convento de las hermanas Clarisas de Santa Verónica, en Algezares. A medio camino de la cuesta que sube a la Fuensanta. La Imagen se conserva hoy tal como don Alonso la trajo a Murcia. Pero si alguno de ustedes tiene la suerte de contemplarla de cerca, podrá distinguir, donde entonces estuvo la rozadura producida por el arado, una rayita blanca que sube desde la mitad de la frente hasta el comienzo de la cabeza.

En este convento hay misa todos los domingos a las 12:30.  

 

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