Las profecías papales de san Malaquías,
escritas en el año 1139, aseguran que después de Juan
Pablo II, sólo aparecerán dos papas más, y que durante el pontificado del
último de estos dos, el mundo se acabará. Comienza este santo irlandés
profetizando, de uno en uno, a todos los papas que irán sucediendo a Inocencio II, que era el papa que gobernaba la Iglesia en los
tiempos del profeta; o sea, como número uno nos describe a Celestino II, dándole el siguiente lema: «Ex castro Tíberis», y
acertando de pleno en él, ya que este pontífice había nacido en Ciudad de
Castillo, situado a la orilla del Tíber, en la Tuscania Romana. Después de
describirnos 109 papas y de darle a cada uno de ellos su lema, nos da a conocer
con el número 110 a quien fuera hasta hace poco Juan Pablo II, con el lema: «de labore solis». Expresión que
vista desde el aspecto moral e histórico, nos dice que el portador de este lema
se verá sometido a los mismos trabajos y peligros que el verdadero Sol,
Jesucristo, como así ha sido. Luego, el profeta sigue con el número 111, a
quien le adjudica el lema: «de gloria olivea», que corresponde al papa que
pronto tendremos entre nosotros. A este lema se le han dado muchas explicaciones
y lecturas, habiéndose elegido como la más acertada, por ser la menos apocalíptica,
la de que el olivo suministra el óleo, elemento fundamental del sacramento de
la Extremaunción. Por lo tanto, parece ser, que este óleo se dará como símbolo
de la agonía del mundo. Por último, el santo Malaquías, nos da a conocer con el número 112 al papa que sucederá
a éste con el lema: «Pedro Romano» y con el siguiente comentario adicional:
«En la última persecución de la Santa Romana Iglesia, ocupará el solio Pedro
Romano, el cual apacentará sus ovejas en medio de grandes tribulaciones,
pasadas las cuales, la ciudad de las siete colinas será destruida y el Juez
tremendo juzgará al Pueblo». En resumen, parece ser que de la lectura de estas
profecías sacamos en claro que Jesucristo quiso iniciar su Iglesia con un Pedro
I, que siendo judío murió en Roma, y terminarla con un Pedro
II, que siendo romano está destinado a morir en Jerusalén. Yo, ni entro ni
salgo en lo que pueda haber de verdad o ficción en estas profecías, lo único
que hago es describirlas tal como los interesados desearon que fueran conocidas.
Y lo hago así porque el Evangelio dice: «Estad, pues, prontos y vigilantes,
porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre».